8 de noviembre de 2026
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 25 1-13
Leyendo la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13), que la Liturgia nos propone hoy, quisiera centrarme primero en un término que se repite varias veces, es decir, el término necio.
Cinco de estas jóvenes, de hecho, son prudentes y cinco son necias (Mt 25,2.4.8). En realidad, las necias y las prudentes tienen muchas cosas en común: las diez salen al encuentro del esposo (Mt 25,1), todas tienen una lámpara (Mt 25,1), todas se duermen (Mt 25,5), todas son sorprendidas por la llegada del esposo (Mt 25,6) y todas se despiertan (Mt 25,7).
La diferencia, por tanto, no radica en el hecho de que algunas se hayan dormido y otras no.
La diferencia está en lo que hicieron antes de dormirse, porque las prudentes llevaron consigo aceite, las necias no: así, cuando el esposo llega, algunas tienen aceite en cantidad suficiente (Mt 25,7) y están por tanto preparadas para encontrarlo (Mt 25,10). Las necias, en cambio, no tienen ya aceite, y el encuentro con el esposo no se produce (Mt 25,12).
Pero ¿por qué son necias? ¿Qué significa serlo? ¿Qué diferencia hay entre ellas y las prudentes?
Una cosa es importante precisar: las necias no son malas personas.
No hacen algo abiertamente malvado, no roban, no hacen daño a nadie, no abandonan al esposo, no dejan de esperarlo.
Quizás, para comprender esta necedad, nos pueda ser útil repensar una característica de la necedad bíblica. En el libro de los Proverbios, el necio no es principalmente aquel que carece de inteligencia. Es aquel que no sabe vivir según la realidad de Dios. Por eso el Salmo 14,1 dice: "El necio piensa para sí: 'No hay Dios'".
Esto no significa necesariamente que haya elaborado una teoría filosófica del ateísmo; es, más profundamente, un modo de vivir como si Dios no fuera realmente importante.
Este es el punto de conexión con nuestra parábola: las necias esperan al esposo, pero su vida no está toda orientada y determinada por esta espera. Se puede esperar al Señor sin dejarse verdaderamente transformar la vida por Él.
Prueba de esto son las palabras de las jóvenes necias, aquellas que se dirigen a las prudentes cuando todas juntas se despiertan a la llegada del esposo: "Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan" (Mt 25,8). Justamente esta es la necedad: pensar que se puede recuperar en el último momento lo que se ha perdido por el camino. Las necias han pospuesto la preparación para el encuentro, y ahora buscan una solución inmediata, que no existe.
La necedad, por tanto, es simplemente una relación pospuesta siempre para mañana, porque el aceite que nos prepara para el encuentro con el Señor no es la lista de nuestras buenas acciones, sino la apertura de nuestro corazón a una relación ordinaria y cotidiana con Él. Es la escucha de Su Palabra, la participación de Su don.
Podríamos decir, entonces, que la necedad consiste en pensar que el tiempo de la espera no sea tampoco un tiempo de relación, de seguimiento. En cambio, aunque el Esposo tarde, la relación puede y debe ser una relación viva.
Pero ¿qué sucede durante este tiempo de espera?
Aparentemente, nada: aún no hay celebración, no hay encuentro, ni plenitud.
Y, sin embargo, es precisamente ahí donde entra en juego la relación. El retraso del Esposo no es simplemente tiempo que nos separa del encuentro; es tiempo que nos prepara para el encuentro.
Porque, entretanto, no nos quedamos quietos esperando un acontecimiento, sino que lo construimos y nos dejamos transformar por todo aquello que, en la espera, nos conduce hacia Él.
Entonces, no se trata solamente de estar listos para una cita futura, sino de asegurarse que, cuando llegue el Esposo, ese encuentro sea el cumplimiento de una relación ya iniciada y vivida día tras día.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

