12 de diciembre de 2021
III Domingo de Adviento, año C
Este tercer domingo de Adviento también nos acerca a la figura de Juan Bautista.
Su predicación, a orillas del Jordán, despierta en muchos el deseo de conversión (Lc 3, 10-14), y en el corazón surge la pregunta: ¿qué se debe hacer para tener una buena vida? ¿Qué puedo hacer por mi vida?
Esta pregunta la hacen personas de las más diversas categorías: en cada uno, en su estado, en su situación, nace un nuevo deseo de vida; y la respuesta será diferente, adecuada a cada uno.
Se lo piden multitudes (Lc 3,10), cobradores de deudas (Lc 3,12), soldados (Lc 3,14) y parece ver el asombro de todos al darse cuenta de que también hay salvación para ellos. Nadie está excluido, refiriéndose a lo que dice el profeta Isaías en la cita que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado: "Todo hombre verá la salvación de Dios" (Lc 3,6). Esta fue precisamente la Palabra que le llegó a Juan, quien en el desierto clama por el perdón dado a todos.
Las respuestas dadas por el Bautista a estas preguntas tienen en común que van al encuentro del hermano: "No exijas nada más de lo que te proponen" (Lc 3,13) ... No maltrates ni extorsiones a nadie. .. "(Lc 3,14). En definitiva, se les pide que enderecen los caminos que conducen al otro, que eliminen las injusticias, que no hagan daño, que no utilicen al otro para los propios intereses; se les pide que compartan lo que tienen con los que menos tienen. Parecería lo más obvio.
En otras palabras, el Bautista dice que la conversión no se realiza de manera ritual; no son suficientes los sacrificios, las ofrendas al templo, las peregrinaciones. La peregrinación a realizar es la que va hacia el otro, partiendo de donde uno está, y este es el lugar por donde viene el Señor, el camino que recorre para llegar a la vida del hombre.
Cuando esto sucede, comienza a hacerse realidad esa visión profética del mundo que Isaías había vislumbrado, aquella por la que el mundo pasaría por una transformación total: todo eso era impedimento para el encuentro entre personas y personas con Dios (montañas o valles o caminos tortuosos), seria eliminado, para que el encuentro pudiera ocurrir.
Porque si viene Dios, lo que pasa es que las personas se encuentran como hermanos, que nace un nuevo estilo de relación.
En la segunda parte del pasaje leído hoy (Lc 3, 15-18), el evangelista Lucas subraya otro fruto de la predicación de Juan, la expectativa: "Porque el pueblo esperaba" (Lc 3, 15).
La tarea de Juan, por lo tanto, no es solo ayudar a las diversas categorías de personas a vivir en paz entre sí. Ya sería mucho, pero en realidad hay mucho más: Juan despierta esperanza donde toda esperanza se había desvanecido o quizás hasta extinguido. En un contexto en el que las personas ya no esperaban nada y se habían resignado a vivir sólo en el presente, con el peso de la injusticia y el cansancio, un hombre, que permite que la Palabra de Dios suceda en sí mismo, es capaz de despertar alguna cosa más que la espera. Es capaz de recordar que no estamos hechos solo para esta tierra, que el hombre vive del encuentro con Dios.
Esta espera, para muchos, podía detenerse en la figura de Juan: de hecho, todos "respecto a Juan, se preguntaban en el corazón si no era el Cristo" (Lc 3, 15). En cambio, la respuesta de Juan pone en el corazón de la gente una esperanza que va más allá: el Mesías, cuando venga, será excesivo y superará todas las expectativas posibles del corazón humano. Comparado con él, Juan no es nadie y se reconoce a sí mismo como tal (Lc 3,16).
Y esto será tan cierto, es decir, el Mesías será tan excesivo que será difícil reconocerlo incluso para el mismo Juan, quien vivirá este drama de no poder reponer la brecha, la diferencia entre lo que esperaba y ese Jesús que está delante de él. («Juan el Bautista nos envió a preguntarte:“ ¿Eres tú el que ha de venir o hay que esperar a otro? ”» Lc 7,20; cf Mt 11, 3).
Para ello debemos estar siempre atentos: no solo porque no sabemos el día y la hora, sino también -y quizás más- porque lo que lo que se nos dará será mucho más de lo que esperamos, y se tratara de amar este don, dejar que supere nuestras esperanzas, dejar que nos lleve más lejos, donde nunca pensamos que llegaríamos.
Porque una esperanza, para serlo, sólo puede ser la esperanza del infinito, de la eternidad.
+Pierbattista
