II Domingo de Cuaresma, año C
13 de marzo de 2022
El pasaje del Evangelio que narra el episodio de la transfiguración de Jesús está enmarcado por los anuncios de la Pasión. Jesús comienza a decir a los discípulos que su viaje a Jerusalén se completará con la Pascua. Y justo después del primero de estos anuncios, Jesús sube a una alta montaña que la tradición identifica con el monte Tabor. Allí tiene lugar el episodio de la transfiguración, que la liturgia cuaresmal nos propone cada año para el segundo domingo, después del de las tentaciones.
Y podemos leer esta transfiguración como un verdadero anuncio.
En el Tabor, Jesús anuncia la meta de toda vida humana, la vocación a la que el hombre está llamado: vivir una experiencia plena de gloria, de plenitud, de relación con Dios. Cada persona está llamada a convertirse, con todo lo que es, en una revelación del Padre y a abrirse completamente a Él.
Descubrimos que todo esto suele ser invisible para el ojo humano. En efecto, si miramos con los ojos de nuestro cuerpo, no podemos ver otra cosa que la realidad finita y mortal, incapaz de vivir la eternidad.
Pero si miramos con los ojos de la fe, podemos ver la visión que vieron Pedro, Santiago y Juan. Esta visión mostró que incluso ahora, antes del paso por la muerte, el hombre está llamado a experimentar la resurrección.
El Evangelio nos dice cómo es posible.
En primer lugar, debemos rezar. Si la referencia a la oración es explícita al principio del pasaje (Lc 9,29), vuelve continuamente, escondida a lo largo del texto. Porque todo este momento de luz es un diálogo continuo, en el que cada uno habla, cada uno escucha,
cada uno se siente escuchado. Jesús dialoga con el Padre y lo hace escuchando la Ley y los Profetas, en las personas de Moisés y Elías. Los discípulos escuchan la Palabra del Padre, que les invita sobre todo a escuchar la Buena Noticia del Hijo amado, de camino a Jerusalén donde dará su vida por todos.
La oración es esta apertura recíproca, hecha esencialmente de escucha, y en la que cada uno, al escuchar, acoge la revelación de lo que es, en relación con el otro. La nueva humanidad es, pues, una humanidad de la escucha y del diálogo.
Pero, ¿qué está escuchando Jesús? ¿Qué es esta Palabra del Padre que, al ser escuchada, es capaz de transfigurar la existencia y llevarla a su plenitud?
Es el que encontramos en el versículo 35: "Este es mi Hijo, al que he elegido: escuchadle". Orar es precisamente aprender a escuchar la voz del Padre que quiere comunicarnos su voluntad de elegirnos, de amarnos y de tenernos como hijos. La escucha hace que esta Palabra resuene cada vez más profundamente, permitiendo que transforme nuestra vida, nuestra percepción de nosotros mismos y nuestras relaciones.
Después de escuchar y orar, los discípulos son invitados a entrar en una nube (Lc 9,34). Es allí donde experimentan el miedo. Tienen ante sí el rostro luminoso del Señor y deben abandonarlo de alguna manera para entrar en la oscuridad de la nube, en un lugar donde los contornos se desdibujan, donde se pierde el control de las cosas.
Los discípulos, en el momento de la Pasión del Señor, sí serán llamados a entrar en esta nube, en esta oscuridad. Lo harán con sus limitadas capacidades y experimentarán el fracaso, la incredulidad y la huida en sus carnes.
La nueva vida no vendrá por su fuerza, sino por la fuerza de Aquel que logrará entrar en las tinieblas de la Pasión y saldrá vivo y victorioso sobre la muerte, capaz de dar vida a todos de manera definitiva.
La Pascua, la vida nueva, no llega, pues, sin esta confianza, esta experiencia de abandono en una Palabra que habla del amor unilateral y gratuito de Dios. Y el tiempo de la Cuaresma se nos da para aceptar este amor, el único que transfigura toda la existencia y la libera de las tinieblas.
+Pierbattista
