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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: Domingo de Ramos, Año A

5 abril 2020 

Domingo de Ramos, Año A

Cuando el Señor entra dentro de la historia de una persona, entra siempre para llevar la vida, la salvación. 

Los Evangelios están llenos de episodios que podríamos citar a este propósito. Pensemos por ejemplo en Zaqueo, jefe de publicanos, Rico, pero también solo y humillado. Jesús va a buscarlo, lo encuentra, lo libera y después el Evangelio habla de un grande gozo, pues la salvación entró en esa casa. 

Pero pensemos también en los episodios escuchados en estos últimos domingos de Cuaresma: la Samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro, todas estas personas marcadas por la muerte y que en modo distinto reciben la visita del Señor, la vida les cambia completamente. 

Es la historia de la humanidad doliente y herida, que vuelve a encontrar esperanza, pues el Amigo ha llegado. 

Pensándolo bien, este es el estilo de Dios desde siempre. 

Toda la historia de Israel es la historia de un Dios que continuamente visita a su pueblo, en tantos modos. Y cada vez que esto se repite es solo para salvar, para reabrir la vía , para volver a llevar a casa, para volver a dar la vida. Pensemos en el Éxodo, en los Jueces, en los profetas. 

Y pensemos en la virgen María: Dios la visita a través del ángel Gabriel, y ella se convierte en Madre del Señor. Y de inmediato, hace suyo este estilo de Dios, por lo que ella se pone en camino, a visitar a su pariente Isabel y también ahí se llena de gozo. 

Hoy, en el domingo de Ramos, este estilo de Dios se extiende no solamente para una persona, como lo fue para Zaqueo, ni siquiera para una sola familia como lo fue para Lázaro y ni siquiera para una comunidad, donde continuamente Jesús hacia visitas y todos los habitantes obtenían el beneficio. Hoy la visita del Señor es para toda una ciudad, para todo un pueblo; a todos quiere el Señor llevar a la vida. 

Siempre, cuando el Señor entra, las reacciones son tantas y distintas. 

Pensemos al episodio de la Anunciación a María, encontramos la conmoción, las preguntas, la perplejidad y finalmente la disponibilidad y el gozo. 

También Jerusalén conoce las mismas reacciones: en el Evangelio de hoy nos habla de una grande conmoción, es aquella que reconoce que Jesús, entrando a Jerusalén, está viniendo de parte de Dios, viene en el nombre del Señor (Mt 21, 9) es una visita de Dios a su pueblo. Entonces grita, y aclama la propia fe: “Hosanna al hijo de David” 

Habla también de una grande conmoción (Mt 21,10) así como cuando los magos entraron a Jerusalén y preguntaban por el rey de los judíos que había nacido (Mt 2, 2-3). 

Finalmente, no pueden faltar las preguntas que surgen detrás de esta visita que podemos nombrar "oficial" del Rey Mesías a su pueblo: “¿Quién es este? ¿Con qué autoridad hace estas cosas?” (Mt 21, 10.23). 

Son los pequeños a reconocer que esta visita es una visita del Señor, que no viene a castigar, sino a traer la paz. 

Su llegada será ciertamente un juicio, como se verá inmediatamente después del pasaje que estamos leyendo, cuando Jesús maldecirá la higuera que no tiene frutos (Mt 21, 18-22); pero 

será un juicio para quien se excluirá de los beneficios de esta visita, para quien no quiera gozar de los beneficios de su amor. 

Para otros, está venida será como un parto, que deberá pasar por los dolores de la muerte, pero que traerá frutos de vida. 

Este año en Jerusalén, como en muchas partes del mundo, no viviremos la procesión del domingo de ramos que desde Betfagé entra a la ciudad Santa. 

Necesitamos todavía más de ojos sanos para ver que el Señor nos está visitando, que nos está salvando: no podemos creer que Él no lo esté haciendo. 

Para muchos, estos días son semejantes a los dolores de parto, es grande el grito de sufrimiento. Queremos creer que la visita del Señor este año, llegará hasta ese lugar. 

+Pierbattista