18 febrero 2018
I Domingo de Cuaresma, Ciclo B
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto ocupa en el Evangelio de Marcos tan solo dos versículos (Mc 1, 12-13). Marcos no narra el contenido: no dice cuántas fueron; y -algo muy importante- ni siquiera relata cómo Jesús salió vencedor de ellas. Le sobran esos datos porque considera sólo importante la idea de que Jesús también fue sometido a la prueba.
Jesús acababa de experimentar la experiencia fuerte del bautismo, en la que había escuchado la voz del Padre que lo ha llamado “hijo amado” (Mc 1, 9-11). En el Evangelio de hoy se dice que el mismo Espíritu que en el bautismo bajó sobre Él, lo empuja ahora al desierto. Donde Jesús aprenderá dos cosas importantes para la vida.
En primer lugar, en el desierto, Jesús aprende que no solo existe la voz del Padre. Como sucede en el principio con Adán y Eva, junto a la voz del Padre existe otra voz, que habla de otra cosa, que indica otro posible camino. Son dos voces muy diferentes: donde el Padre habla de sacrificio, la otra habla de autorrealización; donde el Padre habla de servicio humilde, la otra habla de poder y éxito. De lo cual, Jesús aprende que en las circunstancias de la vida se debe elegir a quién escuchar, de qué voz dejarse guiar, qué camino seguir, de quién fiarse. Durante toda su vida Jesús, al igual que Israel en los años del camino por el desierto, deberá saber distinguir una voz de la otra, reconocer la senda de la vida y aprender a ser libre. Se tratará de hacer propia y de interiorizar la voluntad del Padre; reconocer Su voluntad, hasta convertirla en la propia, incluso cuando cueste la vida.
Y, en segundo lugar, Jesús también aprende en el desierto lo que significa ser “hijo”, que significa ser libre. Ser hijo significa necesariamente ser probado. Un siervo no es puesto a prueba, no debe elegir; solo puede obedecer. Pero el hijo puede y debe elegir: si no elige al Padre, se convierte en un sirviente. Y la elección implica duda, perturbación, oración, recuerdo, discernimiento. Jesús no fue excluido de esta experiencia, como no lo somos cada uno de nosotros.
Por tanto, para Marcos no se trata de dar a conocer los tres posibles deseos ocultos presentes en las elecciones que se deben tomar a lo largo de la vida. Se trata, más bien, de comprender que la vida es una prueba, una lucha. No solo en un momento concreto, sino en cada momento. De hecho, la Voluntad de Dios no se impone, sino que pide ser elegida, ser amada. Y no hay amor que no pase por elecciones concretas: amar significa tener preferencia. Como cada hombre, Jesús debe decidir, y cada decisión será un combate. Y no una sola vez sino por siempre: no es suficiente con una elección inicial, sino que hay que elegir siempre, y de una forma nueva, según las nuevas situaciones que la vida presenta.
Hemos señalado que Marcos, a diferencia de los otros dos evangelios sinópticos, no especifica cuales son las tentaciones, ni cómo Jesús las vence. Más bien hace hincapié en el resultado de una vida vivida en obediencia al Padre, del resultado de una vida que elige escuchar esa voz que nos llama hijos: Jesús “vivía con las fieras y los ángeles lo servían” (Mc 1,13).
Para comprender el significado de esta imagen, nos ayuda el Libro de Daniel. En la narración de la vida del profeta, encontramos que en cierto momento Daniel y sus compañeros son sometidos a prueba. De hecho, se ordenó condenar a muerte a quien invocase o realizase peticiones a otros dioses u hombres en vez del al rey Darío. Debe elegir a quién escuchar, en quien confiar su vida. Daniel y sus compañeros, como hijos elijen al Padre, y por ello son introducidos una primera vez en el fuego (Dan 3), y luego otra segunda con los leones (Dan 6). Pero ni el fuego ni los leones destruyen la vida del profeta Daniel y sus compañeros. Estas condenas a muerte no tienen sobre ellos ningún poder. Tanto que Daniel y sus compañeros pueden alabar a Dios, mientras que un ángel está de pie junto a ellos protegiéndoles en el horno de fuego (Dan 3, 49. 92).
La tentación del hombre se convierte también en una prueba para Dios, para mostrar que Dios no abandona a los que confían en Él con todo el corazón. Por eso, Jesús, después del desierto, puede anunciar que verdaderamente se ha cumplido el tiempo y que está cerca el Reino de Dios (Mc 1, 15).
+Pierbattista
