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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: VII Domingo del Tiempo Ordinario, año A

23 de Febrero 2020 

VII Domingo del Tiempo Ordinario, año A 

El pasaje del Evangelio de Mateo que leemos hoy  (Mt 5, 38-48) concluye la parte del Discurso de la Montaña en el cual Jesús pronuncia las famosas antítesis: “Han oído que se dijo a los antiguos… pero yo les digo”. 

En esta última parte, Jesús  nos da como clave de cuanto a penas ha pronunciado, una palabra que en el Discurso de la montaña había ya resonado: Padre. 

Ha ya hablado del Padre antes, en el versículo 16,  cuando después de las bienaventuranzas, Jesús habla de los discípulos como sal de la tierra y luz del mundo, y afirma que quien verá estas obras, dará “gloria su Padre que está en los cielos”. Quien verá el comportamiento de los discípulos de Jesús, no alabará tanto a ellos, sino al Padre, y comprenderán  que la fuerza y la belleza de sus actos, de sus palabras, no proviene tanto de ellos, sino de la relación con alguien que antes los ha amado y que en ellos mismos se revela. 

En el pasaje de hoy, Jesús narra cómo son las obras del Padre, cómo se comporta el Padre. 
Al inicio de la vida pública de Jesús, en el Jordán, se había ya escuchado la voz del Padre presentando al Hijo, de hecho, el Padre había dicho: “Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mis complacencias” (Mt 3,17) y habíamos con ello comprendido de inmediato, que el Padre ama al Hijo. 

Hoy descubrimos que este amor del Padre no es solo para el Hijo, sino para todos. No ama solo a Jesús, no ama siquiera solo al pueblo de la Alianza. No ama siquiera solo a los buenos y justos. El Padre “hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos” (Mt 5,44), ama igualmente a todos, es el Padre de todos. 

La buena noticia del Evangelio dice que el Padre ama así, y que nosotros, siendo sus hijos, podemos y estamos llamados a amar de la misma manera. No por nuestras propias fuerzas, sino porque habita en nosotros el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre que nos hace hijos. 
No amamos entonces para obedecer a una ley, no amamos porque se debe hacer así. Amamos porque somos hijos del Padre. 

Jesús concluye esta perícopa pidiendo a los suyos ser “perfectos” (Mt 5, 48) 
Perfectos es una palabra un poco incómoda, antipática, nos recuerda a aquellas personas intachables que hacen todo de manera puntual, precisa, que no se equivocan nunca. 

La perfección entendida por Jesús es otra cosa. Jesús, más que perfectos, nos pide ser íntegros, completos. Y esto significa no ser parciales en las relaciones, hacer unidad en la propia vida, tener el corazón libre de posesiones, que excluya y no incluya. No se habla entonces de la perfección de un individuo que lleva a término con exactitud los propios deberes, sino de uno corazón que sabe amar de manera íntegra y libre. Todo el NT insiste en esto. 
En el AT, perfecto, íntegro era un término ritual, referido a la víctima del sacrificio la cual no debía tener ningún defecto. Pero en el NT todo esto desaparece, pues no se trata mas de ofrecer sacrificios, sino de amar. 
Y la perfección es aquella de quien dona todo de sí, sin cálculos, sin pedir retribuciones, sin temor a perder, ofrecer la vida por el otro. 
“Yo en ellos y tu en mi, para que sean perfectos en la unidad y el mundo conozca que tu me has enviado y que los has amado como me has amado  mi” dice Jesús en su discurso de despedida (Jn 18, 23) y esta es la perfección cristiana. 

Esto, ninguna ley puede pedirlo o exigirlo. No puede sino ser la exigencia del corazón que nace en quien antes ha recibido el don de la vida, en quien ha recibido el Espíritu de hijos. 

+ Pierbattista