31 de enero de 2021
IV Domingo del Tiempo Ordinario, año B
El pasaje del Evangelio de hoy (Mc 1, 21-28) perfila con el característico estilo breve y conciso de Marcos los primeros pasos del ministerio de Jesús con sus primeros discípulos.
El primer elemento por destacar es que, desde el inicio del Evangelio, Jesús no se mueve solo, sino que siempre está acompañado por los discípulos (llegaron a Cafarnaúm) que en este caso son los cuatro primeros discípulos, cuya llamada escuchamos el domingo pasado (los primeros testigos).
Jesús comienza su ministerio en Galilea, en las distintas sinagogas (hoy en la de Cafarnaúm), en los centros de reunión de la población, en los lugares donde la gente se reunía para orar, proclamar la Palabra de Dios, pero también simplemente para encontrarse. Jesús se hace presente donde vive la población, en contextos ordinarios de la vida, al contrario de los escribas y fariseos que se movían en sus propios círculos de élite y no solían mezclarse con la población simple.
Jesús a diferencia de los escribas, comienza a enseñar con una autoridad que genera asombro (Mc 1,22) mezclado con temor (Mc 1,27). Los presentes perciben en él una autoridad diferente a la de los escribas y una nueva enseñanza: "¿Qué es esto? ¿Una nueva enseñanza, dada con autoridad? " (Mc 1, 27). Los espectadores quedan asombrados por la enseñanza de Jesús.
¿Qué significa esta autoridad, de dónde viene? ¿Que significa que Jesús haya dado una enseñanza con autoridad?
Esto sucede cuando no solo se limita a enseñar la ley o a interpretarla; Jesús no habla de otra cosa que de sí mismo, de lo suyo, porque es en Jesús donde el Reino se cumple.
Hay una diferencia cuando se habla de cosas de las que ha oído hablar, de las que han aprendido e incluso cuando se habla de si, de lo que le importa, de lo que es parte de la vida.
La otra razón de esta autoridad la dan los propios habitantes de Cafarnaúm: "¡Él manda hasta a los espíritus impuros y le obedecen!" (Mc 1, 27). La enseñanza de Jesús tiene autoridad porque es una enseñanza liberadora. Varias veces, en el Evangelio, Jesús amonestará a los escribas y fariseos porque su enseñanza es opresiva y coloca pesadas cargas sobre los hombros del pueblo. No así la suya, que en cambio libera, promueve, devuelve la dignidad, devuelve al origen.
Su enseñanza es nueva. No solo porque dice cosas nuevas, sino porque transforma la vida, la hace nueva.
No aumenta el conocimiento de los oyentes con otros conocimientos, pero opera una conversión.
Sin embargo, esta enseñanza es ruina para algunos (Mc 1, 24). Es una ruina para los que oprimen al hombre, lo degradan, como el espíritu impuro que se había apoderado del hombre presente en la sinagoga. También es una ruina para quienes se niegan a entrar en la dinámica de cambio, de transformación que promueve Jesús. Es una ruina para quienes ven amenazada su autoridad, el propio poder.
El espíritu impuro que clama contra Jesús no dice nada malo, poco ortodoxo, sino que proclama correctamente la identidad de Jesús, que es verdaderamente el "santo de Dios” (1, 24).
La profesión de fe del espíritu impuro, sin embargo, carece de fe, de la humildad para acogerlo como santo de Dios. Jesús es percibido como un obstáculo, una piedra de tropiezo para su propio poder sobre el hombre, y no quiere saber nada de él (Mc 1, 24). Pero sobre todo falta la cruz: esta profesión de fe será "verdadera" sólo cuando su verdad sea adorada bajo la cruz, como hará el centurión cuando vea morir a Jesús así: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". (Mc 15,39).
En este breve pasaje evangélico ya encontramos todos los temas que volverán de manera diferente a lo largo del Evangelio y que hoy constituyen el núcleo de la misión de la Iglesia: Jesús, junto con sus discípulos se encuentra con las personas donde están, se dirige hacia ellas, enseña con la autoridad de quien se sabe ungido por Dios, y cuya enseñanza cambia la vida de quien la acoge, porque es una enseñanza que sana y libera. Su enseñanza y sus gestos generan asombro y miedo, pero también rechazo y oposición. El Diablo, de hecho, intentará obstaculizar la venida del Reino hasta el momento en el que Jesús sea puesto en la cruz, desafiando y burlándose de la vigencia de su autoridad por última vez. Pero sabemos que Jesús, justo en la cruz, completó la obra de curación que comenzó ese día en la sinagoga.
+ Pierbattista
