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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: El primer Domingo de Adviento, Año B

3 de diciembre de 2017 

El primer Domingo de Adviento, Año B 

Iniciamos hoy un nuevo año litúrgico, que estará acompañado por el Evangelio de San Marcos. 

Y qlo iniciamos con este pasaje (13, 33-37) donde resuena más la invitación a vigilar, a poner atención. 

¿Qué significa vigilar y a que necesitamos poner atención? 

Para hacernos entrar en esta experiencia, Jesús cuenta una breve parábola, donde se narra de un hombre que parte a un viaje y deja su casa a los siervos, confiando a cada quien una tarea propia. Al portero se le deja la tarea de vigilar, misma tarea que después será extendida a todos. Necesitamos vigilar para que a su regreso –fecha que no conocemos– el patrón no encuentre a los siervos adormentados. 

Es interesante que la tarea de vigilar sea encomendada al portero: en el paralelo de Lucas 12, 36 Jesús especifica que el portero tiene la tarea de vigilar para poder abrir al patrón que regresa, para que pueda reingresar a su casa. La primera consideración es que vigilar no es hacer algo en particular, no hay gestos específicos, sino es un modo de estar en la vida, una condición del corazón: es estar en el la vida sabiendo que estamos esperando a alguien, es vivir sabiendo que, desde esta vida entrará el Señor, que estamos en camino hacia una meta, que es el encuentro con Él. 

Adormentarse, por el contrario, no será otra cosa que perder esta conciencia, vivir como si no esperáramos a ninguno: cuando este suceda, el horizonte se cierra en el aquí y ahora, y aquello que hacemos se convierte en el todo, se convierte en toda nuestra vida. Entonces, no es una casualidad que el año litúrgico inicie propiamente con el Adviento y con esta mirada sobre el futuro: es importante iniciar desde aquí, saber de inmediato y claramente hacia dónde caminamos, a dónde el Señor nos lleva y dónde nos espera. Solo con esta mirada dirigida hacia la meta, el camino tiene sentido, y es posible estar en la vida en un modo nuevo: se puede mirar a las cosas del mundo no como un absoluto que realiza todas las aspiraciones del hombre; tampoco, por contrario como algo accesorio que no tiene ningún valor. 

Jesús, en el Evangelio evita estas dos posiciones: afirma con seguridad que el tiempo es espera de un encuentro, pero dice también que este encuentro no puede suceder si la vida no es vivida en la vigilancia y en la espera. Se puede estar en el mundo en un modo nuevo, pues es verdad que el cumplimiento está al final, pero es también verdad que gustamos ya de aquello que creemos y del camino que estamos emprendiendo. Es verdad que el Reino debe aún venir, y sin embargo este Reino que esperamos está ya en medio de nosotros. Esta tierra, esta historia en la que vivimos, es la garantía del Reino futuro, y visto así asume un nuevo significado. 

¿Cómo es posible custodiar esta mirada sobre el futuro? ¿Cómo es posible que las cosas del mundo no abarquen toda nuestra mirada y todo nuestro corazón? 

Es posible solo con una mirada que profundiza en las raíces del pasado, solo si en el corazón existe una memoria de quienes somos, de dónde venimos y de Quién nos ha dado la vida. Es posible solo si somos conscientes del don que hemos recibido; es esta memoria que crea la espera, y quién no recuerda, no puede esperar nada. Por esto, en la fe cristiana el término vigilar tiene un sinónimo, que es celebrar. Celebrar significa exactamente tener juntos, en este preciso momento la memoria y la espera, la garantía y su cumplimiento. Celebrar es estar en la historia teniendo despierta la memoria del don que nos hace vivir y la conciencia de la meta hacia donde caminamos; y es hacer experiencia que, alimentando esta conciencia, la meta se acerca a nosotros y nosotros a ella. 

Este modo de estar en la historia hace del cristiano un testigo. Testigo de aquello a dónde caminamos y creemos. Testigo de un modo nuevo de estar en la historia, por lo cual esta vida terrena no lo es todo, y se puede también perder, con tal de no perder el encuentro con el Señor. El testigo es el “guardián” del cual habla Jesús: el guardián que está en la puerta y la tiene abierta y ve, dentro y más allá el drama de la vida, el Señor que entra. No es un caso que el primer testimonio, el primer mártir de la Iglesia, San Esteban, muera diciendo que “ve los cielos abiertos” (Hechos 7, 56). Esteban vigila y está atento al Señor que viene, que es fiel, que habita dentro de la historia, que lo espera más allá. 

Iniciemos el Adviento con esta misma mirada. 

+Pierbattista