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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: La Solemnidad de la Ascensión, año A

25 de Mayo 2017 

 La Solemnidad de la Ascensión, año A

El Evangelio de Mateo no presenta ninguna otra aparición del Resucitado a los discípulos sino esta que se lee hoy. Después de la resurrección las primeras y únicas en ver al Señor son las mujeres, a las cuales Jesús da el encargo de anunciar a los discípulos de ir a Galilea: allá lo verán (Mt 28, 9-10). 

Los discípulos entonces, para ver al Señor tienen que obedecer a su Palabra  y ponerse en camino, deben regresar allá donde toda su historia con el Señor ha comenzado. El Evangelio concluye ahí, donde de alguna manera ha comenzado: esto para poner en evidencia, entre otras cosas, que el Evangelio no concluye, que la vida de Jesús no se asimila una sola vez por todas, que no basta leerlo una sola vez para saber algo de Él, sino que ahí donde la historia termina, ahí desde ese mismo punto, cada vez se recomienza, y el viaje recorrerá la misma vía, pero no será lo mismo; y nos llevará cada vez a un conocimiento siempre más profundo de él. 

El texto parece decir que, una vez llegados a Galilea, los discípulos descubren que el Señor les ha precedido y está ya ahí esperándolos (Mt 28, 16). No hay misión –los discípulos serán de inmediato enviados a anunciar la vida nueva del Resucitado- que no parta de esta experiencia, que no nazca de este estupor de ser siempre precedidos, y de serlo no obstante las propias traiciones, abandonos, fracasos. Se recomienza siempre, de nuevo. 

El encuentro está marcado  por dos comportamientos distintos: los discípulos lo adoran, pero algunos dudan (Mt 28, 16). 

El primero, la adoración, expresa la fe, y está reservado solo a Dios: en el episodio de las tentaciones (Mt 4, 8-10) el demonio había llevado a Jesús a la cima de un monte –exactamente como hoy donde la narración se desarrolla en la cima de un monte- donde le había pedido de adorarlo a cambio de todos los reinos y su gloria; pero Jesús no había caído en el engaño, y se ha sujetado fuerte a aquella Palabra que no permite que ningún otro tome el lugar de Dios: “Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él rendirás culto” (Dt 6,13). 

Y en el Evangelio de hoy, después de haber donado todo por amor y haber cumplido plenamente la voluntad de salvación del Padre, es Él a recibir no solo aquella adoración que el demonio hubiera querido para él, sino también aquellos reinos que el demonio hubiera querido arrebatarle. Así Jesús puede afirmar: “Me ha sido dado poder en el cielo y sobre la tierra” (Mt 28, 18). 

El segundo comportamiento parece extraño en un contexto tan intenso, en un encuentro tan solemne. Y sin embargo el evangelista no teme en decir que la duda está presente también en este momento, inclusive al interno de aquel primer grupo llamado después a evangelizar a todos los demás. La fe queda mezclada con la duda y no puede ser de otra manera. 

El Señor los está llamando como un día había llamado a Pedro a caminar sobre las aguas al encuentro de él, y ahí, también él, el primero de los apóstoles, había dudado (Mt 14, 31); Jesús en ese entonces había reprendido a Pedro por su poca fe. Pero es propiamente desde esta consciencia humilde de la propia fe pobre que se puede recomenzar cada vez: desde ahí recomenzarán también los discípulos para su misión universal. 

A estos discípulos, empastados de fe e incredulidad, Jesús se acerca (Mt 28, 18): acercarse es un verbo que aparece continuamente en el Evangelio de Mateo, sobre todo para decir que la gente se acerca a Jesús para buscar sanación y salvación. 

Solo dos veces este verbo expresa el movimiento contrario: aquí es este pasaje y en el pasaje de la Transfiguración (Mt 17, 7). No es casualidad que en los dos episodios hablen de Jesús en su gloria: diciendo que la gloria de Jesús no es algo ajeno a los hombres. Es exactamente el lugar donde más se acerca, donde tiene una posibilidad infinita de hacerse cercano. 

Y es por esto que en el momento en que está dejando a sus discípulos, puede propiamente entonces pronunciar palabras que dicen una relación y una presencia definitiva: ”Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). 

Son estas las últimas palabras del Evangelio de Mateo: el Señor Resucitado no se ha alejado, sino que ha definitivamente venido. 

Se cumple así la promesa con la cual el Evangelio había iniciado, anunciada en sueño por un ángel a José: aquel niño que María llevaba en su seno sería el Dios-con-nosotros (Mt 1, 22). 

Ahora inicia una nueva historia, la del Señor presente en la historia a través de la vida resucitada del Señor que dona su Espíritu. 

Y es nueva porque es para todos: los discípulos son enviados a vivir entre los pueblos, a ser donde quiera fermento de vida nueva, para que a todos pueda ser anunciada la buena nueva de la salvación. La nueva historia que hoy inicia está a la cabeza enseñándonos la universalidad: en pocos versículos el adjetivo “todo” se retoma hasta por cuatro veces: todo el poder, todos los pueblos, todo aquello que les he ordenado, todos los días (Mt 28,18-20). Todo aquello que Jesús “posee”, o bien su relación con la Trinidad, ahora puede pasar a todos los hombres, a través de los discípulos que tendrán en el corazón el anunciar todo aquello que el Señor les ha dicho. 

Ninguno más estará excluido de esta gracia, pues el Señor de la gloria es Aquel que se acerca a cada hombre: este es el poder que le fue dado. 

+Pierbattista