21 de mayo de 2016
VI Domingo de Pascua, Año A
Continuamos con la escucha del capítulo XIV del Evangelio de Juan. No son pasajes fáciles de explicar. Hablan de una realidad que nos parece lejana y poco comprensible.
Estamos en la última cena y Jesús, antes de dejar a sus discípulos, les explica cuál es el corazón de la vida que les espera después de Su Pascua.
La vida de la cual habla Jesús sobre todo, será una sola vida: la misma vida del Padre estará en Jesús, y esa misma vida estará en nosotros. Jesús no tiene dudas, y lo dice claramente: “Yo vivo y también ustedes vivirán … yo estoy en mi Padre y ustedes en mí y yo en ustedes” (Jn 14,19-20).
Esta es la primera, verdadera, grande y bella noticia que la Palabra nos regala: la muerte no pondrá fin a esa existencia buena de Jesús que los discípulos han podido ver estando con Él: “Yo vivo” -dice el Señor- pero sucederá algo más grande: “Ustedes vivirán”, es decir, tendrán vida que proviene de mi misma vida.
Quizá todavía no hemos entendido bien la grandeza de este regalo: a lo mucho pensamos solamente que Jesús puede hacer más bella y digna la vida que ya tenemos, puede resolver algún problema, favorecernos con alguna gracia.
No es así: Jesús hace mucho más y nos regala una vida completamente nueva, una vida que ha atravesado la muerte y ahora es eterna: la suya. Es entonces que no existen dos vidas, aquella de Dios y la nuestra. Existe solo la vida de Cristo, la vida que es Cristo (cfr. Evangelio del Domingo pasado), una vida que Jesús ha elegido compartir con nosotros: participamos de Su vida.
Jesús va más allá y nos dice cómo será esta vida.
Nos dice que terminará el mundo en el cual la vida está hecha de soledad, de alejamiento y de separación e iniciará un mundo en el cual “el Consolador estará con nosotros para siempre” (Jn 14, 16). Será entonces una vida de relación y de comunión, como aquella que Jesús comparte con el Padre, una vida de amor entre Personas.
El Espíritu que une al Padre y al Hijo, nos hará entrar en esta relación de amor.
Y será una vida en la cual la relación no menguará, por lo cual ni siquiera nuestro pecado y la muerte serán suficientes para interrumpirla: seremos siempre nuevamente levantados, siempre consolados.
Los pocos versículos de este Evangelio no hacen otra cosa que repetir el estilo de intimidad que caracteriza a nuestra nueva vida: Él estará “con nosotros, junto a nosotros y en nosotros” (cfr Jn 14,16.17.20).
Esta será la verdadera novedad: No cambiará el mundo, no cambiaran las cosas que pasan, sino dentro de ellas, en lo profundo será injertado un nuevo principio vital, que nos tendrá profundamente unidos a la vida de Dios.
Pero ¿cuándo sucederá esto?
“Dentro de poco” (Jn 14,19).
La referencia de Jesús es evidentemente a la hora de su Pasión, que está por cumplirse. El acceso a esta vida nueva, que nosotros podremos ver finalmente desde dentro, será la Muerte de Jesús y de su Resurrección.
Ahí terminará el mundo viejo, y de sus ruinas nacerá otro.
Tendremos que pasar ahí si queremos seguir viviendo: todo aquello que no pasará esta puerta quedará prisionero de la muerte más allá de esta vida. Pero aquello que será bautizado en la Pasión de Cristo, aquello que aceptará vivir solo por la gracia, esto pertenecerá a la vida de Dios y pertenecerá ya desde ahora.
Y, ¿Quién verá todo esto?
El mundo ciertamente no: los ojos de la carne no bastan. Esta vida es de tal manera nueva y distinta que el mundo no la puede ver. Jesús repite dos veces que el mundo no puede conocer ni ver esta novedad (Jn 14, 17.19).
Y esto es lógico. El mundo reconoce lo que es suyo, aquello que le pertenece, pero no tiene ojos para ver lo que pertenece a otra creación, lo que pertenece al orden de la gracia y del Espíritu. El mundo tiene ojos para ver aquello que ha hecho para sí, que termina y muere. Aquello que vive para siempre, que permanece, que es verdadero, se puede ver solo con los ojos que han renacido por el Espíritu.
Hay un paso “ontológico” por hacer, un dejarse injertar una vida nueva: el Bautismo, y es una vida que constantemente regresa a los propios orígenes, a la propia verdad. Una vida que renace de lo alto (Jn 3, 3). Entonces, la verá quien osará entrar en la vida de Dios, quien se dejará tomar por ella, o bien, quien ama y observa sus mandamientos: “Quien me ama será amado por mi Padre y también yo lo amaré y me manifestaré en Él ” (Jn 14, 21)
En suma, Juan nos dice que la Pascua ha hecho de nosotros nuevas creaturas, pues nos ha unido íntimamente a la vida de Dios. Y esta novedad de vida, este amor extraordinario, se hace visible en la observancia de los mandamientos, en una vida que manifiesta al mundo el amor que nos une a Cristo.
El Evangelista nos invita a mirar la vida no con los ojos del mundo, sino con los ojos de quien tiene la vida de Dios en sí. El testimonio cristiano está todo contenido aquí, siendo capaces de esta nueva mirada, libre y salvada, sobre nuestra vida y aquella del mundo; saber ver la salvación que nos ha tocado el corazón, ser capaces de amor, siempre. Es el testimonio de tantos cristianos de entonces y de hoy.
+ Pierbatistta
