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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Año A

30 de julio de 2017  

XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Año A 

Hoy leemos las últimas tres parábolas del capítulo que Mateo dedica al misterio del reino de los cielos. Jesús usa imágenes nuevas para hablar de aquel Reino de Dios que irrumpe en la historia, que transforma la vida, que hace algo nuevo a partir de los pequeños. 

Nos detenemos sobre todo en las dos primeras parábolas, ambas afines: un hombre encuentra algo precioso, está lleno de gozo, va, vende todo aquello que tiene y compra aquel tesoro incomparable. 

El tesoro y la perla van antes que nada encontrados (Mt 13,44.46). 

El tesoro no es algo que el hombre hace, sino algo que encuentra por el propio camino. Y es esto lo que lo hace precioso y valioso. El tesoro existe ya, antecede al hombre, pero está escondido. Si el hombre no lo encuentra, el tesoro corre el peligro de quedarse sepultado sin la posibilidad de alegrar a alguien. Es siempre un tesoro, pero sin la capacidad de enriquecer la vida. Por el contrario, si el tesoro se encuentra, se adquiere una riqueza inigualable. 

En la primera parábola, el afortunado descubridor parece encontrarse con el tesoro de manera casual; en la parábola de la perla, el descubrimiento parece fruto de una larga y apasionada búsqueda: el Reino es para ambos, cada uno está llamado a descubrirlo a modo suyo, y los modos son tantos cuantas son las personas sobre la tierra. Lo importante es encontrarlo. 

Cada uno puede entonces encontrarlo en modo distinto, pero para todos resulta necesario dar un paso: reconocer que aquel tesoro, aquella perla –aquel Reino– tienen un valor inmenso, por el cual vale la pena venderlo todo (v. 46) 

Para ambos casos no basta encontrarlo, sigue después adquirirlo. 

Y aquí la parábola presenta dos extrañezas. 

La primera tiene que ver con el gozo: el protagonista de la primera parábola está lleno de gozo ya antes de entrar en poseso definitivo de su tesoro. Esto es extraño: podría ser un tiempo de ansia, de trepidación en espera de la seguridad de lograr adquirirlo definitivamente, de temor que alguien lo haga antes de él.  Por el contrario no es así. Aquello que colma de alegría es el saber de haber encontrado todo. 

Como diciendo que el don más grande es darse cuenta que este tesoro existe y que puede ser nuestro. Es este el descubrimiento que llena de gozo la vida, el grande descubrimiento que cada uno está llamado a hacer. 

La segunda extrañeza es el precio: este tesoro, esta perla, no tienen de por sí un precio preciso, como algún otro tesoro, como otra perla. Su precio es todo: “”… después va lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo” (Mt 13,44) y: “encontrada una perla de gran valor, va, vende todos sus bienes, y la compra” (Mt 13,46). 

Los bienes pueden ser pocos o muchos, pero se necesita venderlo todo, porque su valor equivale exactamente a todo aquello que los respectivos futuros compradores  poseen, vale la vida entera. 

¿Qué significa esto? 

Quizá la exégesis más bella de este pasaje es la vida del apóstol Pablo, así como el mismo la cuenta: “Aquello que para mí era una ganancia, lo consideré pérdida a motivo de Cristo. Considero que todo es una pérdida a motivo de una sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío. Por él he perdido todas estas cosas que considero desperdicio para ganar a Cristo” (Fil 3,7-9). 

Cuando uno descubre la novedad de la vida de Dios, comprende que toda riqueza, cualquier otro bien es nada. 

Y no es como si se hiciera un sacrificio sufrido, sino que con alegría deja su antiguo modo de vivir, de pensar, de amar, para recibir una plenitud de vida que nada ni otro hubieran podido procurarnos. 

Finalmente, la última parábola (Mt 13,47-50), habla de una red que recoge juntamente peces buenos y peces malos. El evangelista no quiere hacer un juicio, sino solo una constatación: el tesoro es para todos, pero para todos existe la posibilidad de cerrarse a este don, de negarse a entrar en una nueva vida. Entonces habrá llanto y rechinar de dientes, o bien, simplemente la muerte, que no hará otra cosa que confirmar el fracaso de una vida que no ha sabido comprender y recibir el don. 

Necesitamos hacer propiamente como el escriba, que Mateo pone al final de las siete parábolas del Reino (Mt 13, 52). El escriba era por excelencia el docto, el maestro, el sabio, y él también debe hacerse discípulo y de nuevo comenzar a aprender humildemente, el misterio del Reino de los cielos. 

Y extrañamente, de su tesoro este escriba extrae primero cosas nuevas y después cosas antiguas: primero, a nivel de prioridad, está la novedad del Reino, y será esta novedad a iluminar y a cumplir las “cosas antiguas”, prometidas y profetizadas durante los siglos, sin que nada sea perdido. 

El creyente de todo tiempo ha recibido una enseñanza antigua, pero está llamado a re-encontrar el tesoro grande que está escondido el él, en la comunidad. Un tesoro antiguo, que si se re-encuentra se convierte en nuevo y en fuente de alegría. 

+Pierbattista