6 de agosto de 2017
Solemnidad de la Transfiguración, año A
La secuencia de los domingos del tiempo ordinario se interrumpe hoy para dejar espacio a una importante fiesta del Señor: La Transfiguración.
Es un episodio particular, este, el camino terreno del Señor, el cual ha tenido -a grandes rasgos- una vida y una muerte muy ordinarias, muy en sintonía con la experiencia humana de cualquier hombre. Los episodios extraordinarios, -como los milagros por ejemplo- no han sido muchos, no han sido determinantes. No ha sido todo esto lo que ha hecho su vida extraordinaria.
Extraordinario era el hecho que, detrás y dentro de esta vida normal de hombre, se guardara el misterio de la vida de Dios toda entera; que en aquella vida de hombre normal, estuviera la real vida de Dios. Una vida hecha de pequeñas cosas, todas ordinarias, todas normalísimas.
Había entonces un aspecto de él que todos veían, y otro que podía ser recibido solo por quien veía con una mirada de fe, solo para quien había intuido que dentro de aquel normal vivir, había un plus, algo más. Ecos de este misterio lo encontramos en las tantas preguntas sobre él esparcidas en todo el Evangelio: ¿Quién es este? ¿de dónde viene? Si es sólo el hijo del carpintero, ¿cómo puede obrar estas cosas?
La fiesta de hoy levanta el velo de este hombre de todos los días, y revela la profundidad, la belleza, la luminosidad de su ser Dios, hijo del Padre.
Hoy todo él, se convierte en visible y accesible: aquello que habitualmente ya se veía (su cuerpo, mirada, palabras) y aquello que habitualmente no se veía, es decir, su gloria. Es como si por un instante su cuerpo no haya ocultado toda su verdad, su estar constantemente en diálogo con su Padre, su procedencia del Padre, y su regreso a él.
Y así, por un instante, lo contemplamos en la belleza de su Misterio, lo vemos en su ser más allá del tiempo, en diálogo con los padres y profetas de su pueblo.
Y así, por un instante, contemplamos también la plenitud de nuestro mismo misterio; porque también hay en nosotros algo de inmediatamente visible, pero también algo que va más allá, y que va mucho más allá: nos habita una semilla divina, que habitualmente está escondida bajo las apariencias de la vida.
¿Cuándo se revela?
En Jesús este misterio es revelado plenamente en la Pascua. En el Evangelio de hoy encontramos una unión fuerte con el evento Pascual, y no es coincidencia que el contexto dentro del cual todos los evangelistas ponen el episodio de la transfiguración, está colocado dentro de los anuncios que Jesús comienza a hacer, acerca de la terrible pasión que le espera.
Esto puede tener doble significado: es una invitación de parte del Señor a no temer los días de sufrimiento y de muerte, y a tener unido el misterio de la cruz con aquel misterio de gloria. Y no sólo esto, quizá también significa que únicamente en el misterio de la cruz, en el misterio de su donarse por amor, es que la transfiguración es posible, porque propiamente ahí se revela lo íntimo del corazón de Dios, su verdadero ser.
Es una revelación paradójica, posible solamente a la mirada penetrante del creyente.
Pero, ¿Cómo formar en nosotros esta mirada?
La respuesta la da el Padre: ¡Escúchenlo! (Mt 17,5): solo la escucha de las Escrituras nos hace capaces de ver en verdad y profundidad más allá de lo que aparece. Y es solamente desde la escucha de las Escrituras, que sabemos ver juntas, la divinidad y la humanidad; lo eterno y lo cotidiano. El hombre, por sí solo, no puede sino dividir estos dos espacios, y tener miedo.
Quien escucha y se pone en diálogo, ve la verdad última de todas las cosas, que es el amor con el cual el Padre ama al Hijo: “Este es mi hijo, el amado” (Mt 17,5). Y quien escucha, ve que en él también todos nosotros somos hijos y somos amados.
+Pierbattista
