29 de octubre de 2017
XXX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A
Queriendo los fariseos poner en dificultad a Jesús (Mt 22, 18.35), una forma segura era llevarlo al terreno de la interpretación ley, que fue siempre un tema bastante complejo.
La antigua ley fue interpretada con una compleja serie innumerable y minuciosa de preceptos (inclusive mínimos) y de este laberinto no era fácil salir.
La pregunta daba motivos para discusiones continuas: ¿son todos los preceptos de igual valor? ¿Cómo discernir? ¿Cuáles son los más importantes?
Más adelante, en el capítulo 23, Jesús reprende a los fariseos precisamente esta falta de discernimiento: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas que pagan el diezmo de la menta, el eneldo y el comino, y dejan de lado lo más importante de la Ley: justicia, misericordia y fidelidad. Estas eran las cosas que había que hacer, sin descuidar las otras. Guías ciegos que cuelan el mosquito y se tragan el camello! “(Mt 23, 23-24)
En el Sermón de la Montaña (Mt 5,17-19), Jesús ya había tocado el argumento, diciendo que él no había venido a abolir la Ley sino a cumplirla; y que cualquiera que haya transgredido un mínimo mandamiento sería considerado también mínimo en el Reino de los Cielos.
Después de decir esto, había tenido en consideración algunos de los grandes mandamientos del Decálogo, y los había en algún modo revisado, devolviéndoles a su significado original y su práctica cotidiana; además, había dejado claro que para vivir los mandamientos, era necesario dejarse crear un nuevo corazón, que no sólo respetara los mandamientos, sino que también asumiera una lógica profunda para la vida: habían oído que se dijo … yo en cambio les digo …(Mt.5, 21-48). Hay una justicia superior (Mt 5, 20) por vivir de ahora en adelante, y esta justicia no es un mero cumplimiento externo, sino un don continuo de sí.
La pregunta que hace hoy el Doctor de la Ley es precisa: “Maestro, en la ley, ¿cuál es el mandamiento más grande?” (Mt 22,36).
A Jesús se le pregunta cuál es el mandamiento grande, y Jesús responde de manera intachable: el gran mandamiento es amar a Dios (Mt 22: 37-38). Pero no se contenta con ello, no se detiene allí y va más allá. Hay un primer y gran mandamiento, y hay un segundo, que es similar al primero: amar al prójimo (Mt 22,39) como a ti mismo.
Es como si el primer mandamiento por sí solo no fuera suficiente: amar solo a Dios no dice todo acerca de la verdad del hombre, y el que solo ama a Dios no vive en plenitud. ¿Por qué?
Porque en realidad uno es el corazón del hombre, y una su vocación: amar. Por ello, si su amor es parcial, incluso si tiene como objeto al Señor, pero luego excluyese a cualquier hermano, también su vida sería parcial, inconclusa. Porque el amor por sí mismo, si es amor, no puede descartar a nadie, sino que lo abraza todo y lo mantiene todo unido. De lo contrario, es solo un amor disfrazado.
Por lo tanto, Jesús dice que el segundo mandamiento es similar al primero, porque no se trata de otra cosa: no hay dos tipos de amor sino uno solo; y el amor a Dios no es más noble, más verdadero, más hermoso que el amor al prójimo. Es solo el primero porque viene antes de todo y es de él de quien procede nuestra propia capacidad de amar, como respuesta de Su amor gratuito.
Pero no hay primero sin segundo.
Solo mediante estos dos mandamientos se pueden comprender, interpretar y vivir todos los demás; o mejor dicho, no hay otros mandamientos. Está el primero y el segundo: y luego está la declinación concreta, en la vida con toda su complejidad de un estilo de vida que ha vencido el egoísmo y que está en un continuo éxodo, en una continua modalidad relacional.
Es entonces la única ley el amor: el amor no está al lado de la ley, como algo más, capaz de hacer la ley más ligera, menos dura y laboriosa. No. No hay otros preceptos al lado del amor, no hay nada más que observar, solo esto.
Una última cosa es muy interesante: el amor al prójimo tiene como medida y criterio el amor por uno mismo (Mt 22,39). Y esto significa que nosotros, que a menudo somos egoístas y nos replegamos sobre nosotros mismos, podemos hacer que el amor por nosotros mismos sea la medida de nuestro amor por los demás.
No se nos pide no amarnos a nosotros mismos para amar a los demás. Se nos pide que, conociendo la necesidad de amor que habita en el corazón, nos acordemos de ello cuando encontremos un hermano.
Cae entonces toda barrera, cada pared que separa y entramos en una actitud de empatía y compasión en la que aprendemos a ver al otro con la misma mirada con la cual nos miramos.
El primero en hacerlo fue Jesús mismo: es en Él, en su carne, que los dos amores -por Dios y por el hombre-se encuentran, dejan de ser antagonistas y se convierten en un solo misterio de amor.
+Pierbattista
