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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

19 de noviembre de 2017  

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Año A 

Los Evangelios que hemos escuchado los domingos pasados -sobre todo las parábolas- nos han enseñado a mirar las cosas de la vida a partir de la relación con el Señor: si se aprende a conocer Su corazón, Su gratuidad, Su deseo de donarnos la vida, entonces se comienza a trabajar en la viña sin calcular méritos y prestaciones (Mt 20, 1-16), se vive como los hijos que todo lo reciben gratuitamente (Mt 21, 33-41) y se recibe la invitación a Su banquete entrando como personas nuevas (Mt 22, 1-14) y así sucesivamente. 

Esta clave nos ayuda también para la parábola de hoy (Mt 25, 14-30), la parábola de los talentos. 

Un hombre tiene riquezas y partiendo a un largo viaje, se las encarga a sus servidores. Dos se ellos van a trabajar con el dinero recibido y ganar otro tanto, otro que había recibido un solo talento, va y hace un hoyo en la tierra y lo esconde. Al regreso del patrón, se lo restituye intacto: no lo ha perdido ni lo ha incrementado. 

El corazón del pasaje va buscado en la respuesta que el siervo da al patrón quien lo ha reprendido: “Señor, yo sé que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo” (Mt 24, 25). 

El problema del siervo, su incapacidad de jugársela, depende propiamente de la relación instaurada  con su señor, que es una relación no basada en confianza y en amor, sino en el miedo. 

¡El patrón no ha tenido miedo en confiar los propios bienes a los siervos! (Habría podido desconfiar). 

Es un patrón con horizontes amplios, generoso y magnánimo, recuerda un poco aquel patrón de la viña que sale a llamar a todas horas, da a todos la misma paga, no está a calcular cuánto gana y cuánto pierde: él es así. 

Sucede lo mismo con el patrón de hoy: confía a sus siervos sus propios bienes, no da a ellos límites, indicaciones u órdenes: confía, no tiene miedo. Los primeros dos siervos, fortalecidos en esta confianza se ponen a trabajar y ganan otro tanto. El tercer siervo en cambio tiene miedo y no va más allá de esto y esconde el talento dado en préstamo. 

Hemos visto en los domingos pasados, que regularmente el pecado consiste en tomar para sí, con las propias fuerzas, aquello que el Señor quiere darnos, tomándolo fuera de la relación con él, como si no fuera un don. 

También el siervo de hoy hace la misma cosa: rechazando ponerse en juego y arriesgarse, también él rechaza la relación con el patrón, y la esconde como ha escondido el talento: vive como si no hubiera recibido nada, como si su patrón no le hubiera confiado nada. 

¿Por qué lo hace? ¿De qué tiene miedo? 

Para entender el corazón de este siervo quizá debemos regresar a las primeras páginas del Génesis, cuando aparece por primera vez el término miedo. El contexto es aquel del primer pecado, cuando Adán y Eva después de haber desobedecido a la orden del Señor, han tenido miedo de encontrarlo de nuevo y van a esconderse (Gn 3 ). 

El miedo entonces nace del pecado y va a manifestarse en la relación: el hombre ha creado una falsa percepción de Dios, ha olvidado que este Dios es un Padre que dona todo gratuitamente. 

Es ahí donde antes había una relación de confianza y de escucha que ahora ha entrado el temor y la sospecha. Ahí donde antes había una relación de amor, ahora hay una relación de justicia. 

El siervo de la parábola en efecto, no hace nada de malo, nada de equivocado: restituye al patrón exactamente cuánto ha recibido, nada menos. No se queda con nada, no quita nada al patrón: un talento ha recibido, un talento restituye. Es un hombre justo. 

Pero esto no basta, y no dice nada de la relación que Dios quiere tener con los hombres. Él no quiere siervos que por miedo obedezcan escrupulosamente a sus órdenes. Él quiere hijos, a los cuales poder confiar Su vida, para que la hagan propia, y que permanezcan en relación con él en la libertad y la creatividad del amor. 

Es todo lo que viven los primeros dos siervos de la parábola (Mt 25, 16) a los cuales está reservado una sorpresa final, cuando restituyendo a su patrón sus bienes, descubren que aquel saber arriesgar, aquel haber jugado con seriedad, vale para ellos una restitución inmensa: “Toma parte en la alegría de tu Señor” (Mt 25, 21-23). 

Pensaban que se habían ocupado de pequeñas cosas, en realidad tenían entre sus manos la vida entera. 

+Pierbattista