Logo
Donar ahora

Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

4 de septiembre de 2022 

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

Lucas 14, 25-33 

El pasaje del Evangelio de hoy (Lc 14,25-33) nos saca de la casa del fariseo, que le había invitado a comer (Lc 14,1.12), y nos pone de nuevo en camino. 

El tema del camino, como ya hemos dicho varias veces, es importante y hay que tenerlo siempre presente, porque este viaje de Jesús tiene un destino preciso, Jerusalén. 

Incluso hoy, el destino del viaje puede proporcionarnos valiosas claves de comprensión. 

En el pasaje de hoy se repiten tres veces las palabras que hablan del final, del cumplimiento (Lc 14,28.29): Jesús se dirige a la gran multitud que le sigue, y les recuerda la necesidad de tomarse en serio el hecho de seguirle, para que se cumpla, para que alcance su plenitud. 

Bien, estas palabras sobre el cumplimiento son muy importantes en el Evangelio de Lucas, y aparecen mucho. 

Vuelven al principio de la misión pública de Jesús, cuando, en la sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, lee unos versos del profeta Isaías y dice que allí, en ese momento, se cumplió esta palabra de salvación (Lc 4,21). 

Vuelven a una posición estratégica, en la mitad del Evangelio, cuando comienza el viaje de Jesús a Jerusalén: "Cuando se cumplió el tiempo en que iba a ser llevado al cielo, Jesús, con rostro decidido, se puso en marcha hacia Jerusalén" (Lc 9,51). 

Y vuelven al final, tanto antes de la Pasión, durante la última cena, donde se encuentran cinco veces (Lc 21,22 y 24; Lc 22,16, 37 y 38), como después de la resurrección, cuando el Resucitado explica a los suyos que tenían que suceder todos los acontecimientos que había anunciado, para que se cumpliera la Salvación dada por el Padre (Lc 24,44). 

Jesús está en camino hacia la plenitud de su vida, y envía a sus discípulos una advertencia sobre la plenitud de sus vidas. El cumplimiento de la vida de Jesús es su cuerpo glorioso y resucitado: pero también es nuestro fin, la meta que perseguimos, y no tenemos otra. 

Porque es su misma realización la que hace posible la nuestra, que será nada menos que la aceptación y participación en la plenitud de su vida. 

Ahora bien, las advertencias que el Señor hace en el pasaje de hoy indican el camino, la vía para entrar en esta realización. 

Y me parece que todo va en una dirección, la de la libertad, que hace posible una nueva forma de vida, una nueva medida del amor. 

La libertad de la que habla Jesús hay que buscarla en tres aspectos esenciales: libertad de los vínculos familiares, libertad de uno mismo, libertad de los bienes. 

En primer lugar, la libertad de los vínculos familiares, sobre la que Jesús utiliza un lenguaje muy fuerte, diciendo que hay que odiar al padre, a la madre, a la esposa, a las hijas, a los hijos, a las hermanas y a los hermanos (Lc 14,26). Estas afirmaciones tan contundentes tienen un doble significado. 

La primera es que la vida nueva no es la que nos da nuestra familia, sino la gracia: todos estamos llamados a una muerte, a un paso, de todo lo que nos es transmitido por la sangre, marcado por la fugacidad y el pecado, y a una vida nueva que es la de Dios en nosotros; sólo esta vida puede alcanzar la plena realización. 

La segunda es que estos vínculos corren el riesgo de convertirse en un lugar protegido del que sacamos seguridad y vida, manteniéndonos anclados en el pasado, en lo antiguo, lo que nos impide atrevernos a confiar plenamente en el Señor. 

Es todo esto lo que debemos odiar, es decir, rechazar, reconociendo que es un camino que conduce a la muerte. 

Pero eso no es suficiente: en el mismo versículo, Jesús también dice que debemos odiarnos a nosotros mismos, así como odiamos a nuestra familia. Y detrás de esto vemos la misma lógica: cuando buscamos la seguridad y la vida en nosotros mismos y en nuestras fuerzas, estamos de hecho en el camino de la muerte. 

Paradójicamente, sólo el camino de la cruz es un camino de vida: un camino que nos abre al don total de nosotros mismos, sin pensar en nuestros intereses, en nuestro éxito. 

Por último, está la invitación a liberarnos de las posesiones, de la seguridad humana y terrenal. Y lo hace a través de las dos parábolas de la torre y del rey que se prepara para la guerra (Lc 14, 28-33), dos parábolas construidas sobre una paradoja que nos muestran que no son los que tienen más medios los que consiguen completar su trabajo, sino, al contrario, los que no tienen nada. 

Seguirle es una llamada a dejar todo lo que no da vida, salvo en apariencia, para poder contener en uno mismo la vida misma de Dios, su medida de amor. 

+Pierbattista