09 de octubre de 2022
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C
Lucas 17, 11-19
El domingo pasado vimos cómo los discípulos pedían a Jesús que les diera más fe (Lc 17,6), y vimos que, para Jesús, lo importante no es tanto que la fe sea grande en cantidad, sino que sea una fe viva, pues es viva cuando la semilla crece, se convierte en un árbol que da fruto.
Hoy (Lc 17,11-19), en el camino hacia Jerusalén, Jesús se encuentra con un grupo de personas y en una de ellas, reconoce una gran fe, tan grande que salva la vida de esa persona.
De este encuentro podemos escuchar una doble enseñanza de Jesús.
En primer lugar, Jesús dice lo que es la fe.
El milagro descrito en el pasaje de hoy es muy especial: diez leprosos le piden a Jesús que los cure. Jesús, en respuesta a su petición, no hace ningún gesto, ni pronuncia ninguna palabra que pueda mediar la curación. Simplemente los envía al sacerdote.
Pues bien, los diez leprosos tienen fe en Jesús hasta el punto de pedirle la curación.
Y los diez, de nuevo, tienen fe hasta el punto de ir al sacerdote incluso antes de ser curados.
Pero sólo uno tiene la fe que le salva, es decir, en uno, la fe alcanza su plenitud, su maduración.
La fe que salva es la del que, viéndose curado, vuelve a Jesús para hacer dos cosas: adorar y dar gracias. Es decir, expresar su fe, su gratitud a Aquel que le curó, y decir "gracias" (Lc 11,16), alabando a Dios en voz alta, proclamando y cantando su alegría (Lc 11,15).
Así, podríamos decir que la fe es el camino de quien vuelve continuamente al lugar donde experimentó la salvación, que vive en continua gratitud, que se asombra continuamente del don recibido.
Por eso, para él, nada es más importante que Aquel que ha vuelto a dar la vida.
Los otros nueve, en cambio, al verse curados, continúan su camino hacia los sacerdotes: ya que es tarea de los sacerdotes verificar la curación de los infectados para que puedan ser readmitidos en la asamblea social.
Para los nueve, esto es más importante y urgente que dar las gracias a Jesús y, en cierto modo, se quedan encerrados en su propia curación.
El samaritano los deja, ni siquiera se molesta en que lo proclamen curado, porque la urgencia es simplemente alabar a Dios. Todo lo demás viene después, o desaparece.
Así que también podríamos decir que la fe nace en la oración de súplica, pero luego se cumple en la oración de alabanza y gratitud. Y, volviendo al Evangelio del domingo pasado, podríamos añadir que esa fe es ese pequeño pero vivo y tenaz grano de mostaza que puede mover la morera y trasplantarla al mar (Lc 17,6).
La segunda enseñanza se refiere al discípulo. Jesús presenta un modelo de creyente.
El único que vuelve a Jesús para darle las gracias no es, de hecho, una persona "normal" del pueblo elegido, con toda la cultura y las habilidades necesarias para poder adorar a Dios correctamente.
No, es un samaritano, o más bien un hereje y cismático, considerado un pagano.
Pues bien, es en él donde Jesús reconoce la gran fe.
Así que, una vez más, se nos dice que el creyente no se distingue por la etnia o la tribu, por una observancia, por un título, por una perfecta profesión de fe, sino por un movimiento personal del corazón, por la capacidad de confiar en el Señor, por su capacidad de decir "gracias".
+Pierbattista
