23 de octubre de 2022
XXX Domingo del Tiempo Ordinario, año C
Lucas 18, 9-14
Para entrar en el pasaje de Evangelio de hoy (Lc 18,9-14) partimos de un pequeño detalle que encontramos en el versículo 13: narrando la parábola del fariseo y del publicano, Jesús dice que este último “no osaba ni siquiera alzar la mirada al cielo, sino que se golpeaba el pecho…”
Este gesto de golpearse el pecho lo encontramos en otras dos ocasiones en el Evangelio de Lucas, ambas en el capítulo 23, durante la narración de la pasión.
La primera, camino al Calvario (Lc. 23,27) cuando se dice que una gran multitud del pueblo y de mujeres que seguían a Jesús se golpeaba el pecho y se lamentaban por él: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi”.
La segunda ocasión aparece después de la muerte de Jesús: el Centurión romano, viendo a Jesús morir, da gloria a Dios y reconoce que Jesús es un hombre justo (Lc 23,47) y “toda la gente que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho” (Lc 23, 48)
Después de haber visto la muerte de Jesús, la muchedumbre que primero se lamentaba por él, llora ahora de sí misma y se golpea el pecho no ya reconociendo la desgracia del que subió al Calvario para ser crucificado, sino reconociendo su propia desdicha, el propio pecado.
Y bien, retomando el Evangelio de hoy, me parece importante este enlace para entender qué es la oración.
Hemos visto, el domingo pasado, que es importante orar siempre, con insistencia. Pero ¿qué es la oración?
De la parábola de hoy, así como del episodio del Calvario sacaremos algunas consideraciones, la primera está relacionada al ver.
En la parábola de hoy vemos que los dos protagonistas, ambos habiéndose presentado al templo a orar, tienen miradas distintas.
La mirada del fariseo está puesta sobre sí mismo (Lc 18, 11-12): menciona con seguridad la totalidad de sus logros, el propio performance espiritual, y actuando así permanece encerrado en sí mismo. Se mira y se gusta mucho, por lo que no tiene necesidad de otra cosa y se siente con derecho de mirar a los demás con desprecio.
Distinta es la mirada del publicano, no osa mirar hacia lo alto, hacia Dios, se mira a sí mismo en su verdad de pecador y se golpea el pecho.
También en el Calvario encontramos una mirada: el de la muchedumbre, que ha visto a Jesús morir como un justo. Y desde esta mirada, cambia el modo de verse a sí mismos, cambia todo.
Podemos decir que, sobre el Calvario, la gente se siente mirada por este hombre inocente que da la vida y entonces -y solo entonces- reconoce el propio pecado
Esta es la oración cristiana, sobre todo, no ver sino dejarse mirar por la buena mirada de Aquel que muere por nosotros. Es un reconocer que aquel Hombre está muriendo por nuestros pecados, sintiendo entones la aflicción del corazón que se expresa en el gesto de golpearse el pecho.
El publicano en la parábola, hace esto y ora, no así el fariseo.
La segunda indicación está ligada propiamente al fariseo. También aquí nos puede ayudar otro pasaje del Evangelio. En Mateo (7,22-23) Jesús habla del final de los tiempos y dice así: “Muchos me dirán aquel día: ¿Señor, Señor no hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos expulsado demonios en tu nombre? ¿No hemos hecho muchos milagros en tu nombre? Entonces les declararé solemnemente: “Nunca los conocí, apártense de mi malhechores”.
Entonces, habrá “muchos” que pensarán que han hecho obras buenas para el Señor así como lo pensó el fariseo hoy. Pero Jesús, estas buenas obras nunca las vio, no las conoce.
Porque no se trata de hacer obras buenas, sino de reconocer lo que Él ha hecho por nosotros muriendo en la cruz, contemplando con estupor este gesto de amor con Él que nos ha amado. Se trata de dejarse encontrar por la mirada del Señor, que cambia el corazón y por tanto la vida.
Entonces no seremos más los protagonistas satisfechos de nuestra vida, sino los humildes anunciadores de la misericordia de Dios, como el publicano del Evangelio de hoy, como el Samaritano que fue curado en el Evangelio de dos domingos atrás (Lc 17 11-19).
+Pierbattista
