30 de octubre de 2022
XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, año C
Lucas 19, 1-10
El viaje de Jesús a Jerusalén, que está llegando a su fin, ha estado salpicado de encuentros con personajes muy diversos.
También el Evangelio de hoy (Lc 19,1-10) relata un encuentro, que es el último de esta serie: Jesús se encuentra ahora en Jericó, la última parada antes de subir a la Ciudad Santa, y al pasar por la ciudad de Jericó se encuentra con Zaqueo.
Para entender algo de este encuentro, nos ayuda leerlo a la luz de otro encuentro que tuvo Jesús, ocurrido un poco antes. Es el encuentro con el funcionario rico.
Los dos encuentros tienen muchos puntos en común.
En cada caso, se trata de una persona rica: el funcionario era muy rico (Lc 18,23), mientras que Zaqueo era en realidad "un jefe de recaudación de impuestos y un hombre rico" (Lc 19,2).
En ambos casos, hay una pregunta, un deseo, una búsqueda: el funcionario rico pregunta a Jesús sobre el tema de la vida eterna (Lc 18,18), mientras que Zaqueo se sube a un árbol intentando verle (Lc 19,3.4).
En ambos casos, se relata uno de sus sentimientos, que, esta vez, es el inverso: el funcionario rico se pone "muy triste" (Lc 18,23), mientras que Zaqueo está "lleno de alegría" (Lc19,5).
¿Por qué? ¿Qué le ocurrió a Zaqueo que no experimentó el funcionario rico?
La diferencia radica en que Zaqueo tiene la experiencia de ser buscado.
En primer lugar, hace todo lo posible por ver a Jesús: se adelanta corriendo y, como es pequeño, se sube a un sicómoro (Lc 19,4). Pero esta no es la fuente de su alegría. La alegría llega cuando descubre que el Maestro al que quiere ver le busca. Es más, mucho más: No sólo quiere verlo, sino que quiere ir con él a su casa (Lc 19,5).
Jesús busca a Zaqueo de tres maneras, todas ellas contenidas en el versículo 5.
En primer lugar, lo mira, y luego lo considera, lo acoge a sus ojos. Jesús no pasa de largo sin detenerse a prestar atención a este hombre que era mirado con desaprobación por tantos.
Luego le habla. Algunos versículos más tarde, todos los presentes hablarán de él, pero no con él. Zaqueo era alguien con quien no era fácil hablar, un hombre que se mantenía a distancia. Sin embargo, Jesús se dirige directamente a él, superando toda barrera. Jesús, dirigiéndose a él, habla y demuestra que le conoce y le llama por su nombre.
Si para los demás es un pecador (Lc 19,7), para Jesús es Zaqueo, e hijo de Abrahán (Lc 19,9), o sea, heredero de la promesa que es por gracia.
Por último, entra en su casa, es decir, comparte su vida, crea intimidad, se convierte en su amigo.
Sin esta experiencia de ser buscado, la vida de fe se reduce a un esfuerzo solitario y estéril que engendra la tristeza que vimos en el funcionario rico, para quien dejar sus riquezas es sólo un deber que debe obedecer a regañadientes para sentirse bien.
No es así para Zaqueo, en quien no hay moralismo. Jesús no le pide que deje de robar, que dé sus riquezas a los pobres. El cambio de vida es el deseo, la urgencia que surge espontáneamente en Zaqueo al sentirse notado, conocido, llamado, considerado digno de recibir el don de la presencia de Jesús, que se le ofrece gratuitamente.
Y esto se hace con alegría y genera gozo. Es esta experiencia de alegría y de intimidad con el Señor, en una palabra salvadora, la que producirá en Zaqueo el deseo de un cambio de vida: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, la daré a los pobres, y si he extorsionado algo a alguien se lo devolveré cuatro veces". Y Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19,8-9).
+Pierbattista
