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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

6 de noviembre de 2022 

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

Lc 20, 27-38 

El pasaje del Evangelio que  nos ofrece la liturgia de este domingo (Lc 20,27-38) se sitúa en un contexto diferente al del domingo pasado. 

Si hasta ahora hemos seguido a Jesús en su camino hacia Jerusalén, hoy lo vemos después de haber entrado en la Ciudad Santa. En este capítulo 20 y en el contexto del templo, el evangelista presenta varias disputas entre Jesús y los escribas, los fariseos y, como en este caso, los saduceos. Estas discusiones con Jesús cubren diferentes temas, pero cuando se leen juntas nos ayudan a tener una imagen más completa del pasaje de hoy sobre la Resurrección. 

Comienza con la discusión sobre la autoridad de Jesús (v.2); Jesús vuelve a hablar sobre Juan el Bautista y su papel profético (vv.3-8); luego sigue la parábola del dueño de la viña y los viñadores homicidas (vv. Luego sigue la parábola del dueño de la viña y los viticultores asesinos (vv. 9-19), que se refiere a Jesús, a su venida a Jerusalén y a su destino mortal, aunque sea el mayor profeta de todos; luego está la cuestión del impuesto al César (vv. 20-26), pues será a los romanos a quienes Jesús será entregado para su ejecución; luego sigue el pasaje de la Resurrección (vv. 27-40), con la pregunta sobre el carácter de David. El Mesías -dice Jesús- será el hijo de David, pero también el Señor de David (vv. 41-44). 

Todos estos pasajes tienen su propia importancia, por supuesto, pero leídos en conjunto presentan brevemente la historia de Jesús, su vida, su misión, la muerte a la que está destinado y su resurrección. Son una síntesis de todo el Evangelio: Jesús es ungido como Mesías por Juan el Bautista. La parábola de la viña representa el ministerio de la proclamación de la Palabra de Dios, primero de los profetas y finalmente de Jesús. Proclama el Evangelio en las ciudades de Galilea y, finalmente, en Jerusalén, ruega a los viticultores que lo acepten, pero éstos lo rechazan, invocando el juicio sobre ellos mismos. Es entregado a los hombres del César para su ejecución, y al tercer día resucita. Tras la resurrección, los discípulos comprenden que Jesús no sólo es el hijo de David, el Mesías, sino también el Señor de David (44). 

En este contexto, entendemos que el pasaje de la resurrección anticipa cuál será el destino de Jesús. 

Los interlocutores de Jesús en esta discusión son saduceos (Lc 20,27). Hasta ahora, Jesús se ha enfrentado principalmente a los fariseos, y con ellos el tema de las disputas era sobre todo moral, relativo a la interpretación y observancia de la Ley. 

El diálogo con los saduceos no tiene tanto carácter moral: los saduceos eran un grupo perteneciente a la aristocracia que sólo se remitía a la autoridad del Pentateuco y rechazaba toda la tradición oral de los fariseos y sus disputas. 

No creían en la resurrección (Lc 20,27), por lo que su pregunta pretende ser una provocación y una banalización del argumento, para afirmar que la resurrección no tiene sentido y no resuelve el drama de la vida. 

Al no creer en la Resurrección, cuentan una historia de muerte, que es también una historia de dolor, donde el esfuerzo humano por superar la muerte es obviamente vano e inútil. 

En respuesta a su provocación, Jesús dice sobre todo que cree en la Resurrección. Y dice que creer en la Resurrección no es el resultado de discusiones filosóficas, sino que surge de la simple constatación de ser hijos de Dios (Lc 20,36): "porque ya no pueden morir: son como los ángeles, son hijos de Dios e hijos de la Resurrección". 

Creer en la Resurrección, pues, es creer en un Padre que no sólo es bueno, y por tanto no abandona a sus hijos, sino que también es capaz de destruir al enemigo de la vida, que es la muerte. 

Jesús también dice que hay otra forma de vida. La fe en la Resurrección da la posibilidad de vivir una vida diferente a partir de ahora, en la que el vínculo con Dios es la posibilidad de permanecer libre del miedo a la muerte. Porque la muerte es ese enemigo que puede entristecer la vida, como la vida de la mujer de la que hablan los saduceos. 

Esto, parece decir Jesús, ya no es necesario, porque los que confían en el Padre permanecen vivos y ya no pueden morir (Lc 20,36), ya no tienen que esforzarse a toda costa por asegurar su supervivencia, sino que tienen un anticipo de la vida eterna. 

El vínculo con Dios es nuestra resurrección. 

Lo mismo ocurrirá con Jesús, cuando esté a punto de morir: Jesús vencerá la muerte por su conexión con el Padre, por su obediencia, por su confianza. 

Si la falta de confianza lleva al hombre a buscar por sí mismo el camino de la vida y, por tanto, paradójicamente, a alejarse del Padre y a caer en la muerte, la confianza en Él mantiene un vínculo con Dios que es para siempre, y es garantía de vida.  Todo lo que no está vinculado a Dios, que no forma parte de una relación con Él, y que se detiene en la naturaleza o en la Ley, está condenado a la muerte. No es casualidad que los saduceos citen a Moisés, y por tanto a la Ley. 

Pero la Ley es incapaz de superar la muerte y, como en el caso de la mujer, sólo puede intentar burlarla, de forma muy torpe. 

En cambio, quien confía y entrega su vida a Dios, como Jesús en la cruz, ya no puede morir. 

+Pierbattista