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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: III Domingo de Pascua, año A

30 de abril del 2017 

III Domingo de Pascua, año A 

Los Discípulos van hacia Emaús, tristes y desilusionados por los hechos acontecidos a su Maestro, narran al desconocido viajero aquello que recuerdan de los eventos apenas sucedidos. 

Es el mismo viajero quien les pregunta: “¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?” (Lc 24, 17). E insiste “¿qué cosa? ” 

Su narración de los hechos es una historia del pasado, cerrada y terminada, que no puede generar más ya nada y que se ha llevado consigo en su fracaso, toda esperanza y sus mismas vidas. 

Hay un elemento disonante que los discípulos no saben explicarse, que podría dar a entender que efectivamente         algo de nuevo haya sucedido: pareciera que el sepulcro está vacío, que el cuerpo de este profeta poderoso en obras y palabras no esté más allí, que las mujeres han visto inclusive una visión de ángeles. Todo ello les ha conmocionado, algunos de ellos también han acudido al sepulcro y constatado efectivamente esta extrañeza acontecida; pero permanece el hecho que a “él no lo vieron”, que él no está más presente. (Lc 24, 22-24). 

No podemos decir que la narración de los discípulos no sea exacta: hay muchos elementos y todos ellos son verdad. Es cierto que Jesús fue entregado para que fuera condenado a muerte; es verdad que fue crucificado; es verdad que ahora su sepulcro está vacío. Todo es verdad, pero falta algo. 

Esto que falta es la clave de la historia, y es esto lo que hace Jesús con ellos, después de haberles escuchado ha otorgado esta clave. 

¿Cómo? 

Recorriendo simplemente con ellos su camino de la Escritura, porque la clave está ahí. 

Nosotros no sabemos qué cosas haya dicho Jesús a los discípulos, cuales pasajes bíblicos haya releído con ellos para hacerlos entrar en una nueva visión de las cosas. Pero si sabemos que al escucharlo, su corazón ardía, es decir, todo aquello que se había extinguido dentro de ellos, poco a poco comenzaba de nuevo a latir, a existir. 

Pero, ¿Cuál es esta clave capaz de despertar la vida? 

Esta clave es la Pascua y Jesús la encuentra en las Escrituras –y enseña a los discípulos a hacer lo mismo– pues la Pascua está inscrita en los profundo de ellas, es el alma secreta: La Pascua es el estilo de vida de Dios y de esto hablan las Escrituras: (“Entonces Jesús les dijo: ¡Qué insensatos son ustedes y que duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?… les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él” Lc 24, 25-27). Un estilo de don recíproco de sí mismo hasta el final, sin reservarse; y el estupor de ver que en este donar la vida recíprocamente, la vida no muere, permanece eterna. 

Ser creyentes y no más incrédulos, como Jesús invitaba a los demás en el Evangelio del domingo pasado (Jn 20, 27) comporta el asumir esta clave de lectura como parámetro para leer la historia y la vida: aquella de Jesús antes que nada, y con ella la vida propia y la de todos los demás. 

Cuando esto sucede Jesús puede desaparecer, porque ya se ha dejado reconocer: los discípulos lo reconocer al partir el pan, lo han hecho sólo porque desde las Escrituras han aprendido la lógica de la Pascua y ahora lo sabrán reconocer donde sea. Ahora saben que cada pan partido por amor, es la vida eterna y que vence la muerte. Y que ahí, aunque no se vea, aunque no sea evidente, allí está el Señor. 

En este pasaje, como en cada episodio donde se narra la aparición del Resucitado a los apóstoles, vemos como la novedad de la Pascua se inscribe dentro de la vida ordinaria de los discípulos en camino. ¿Qué le sucede a quien encuentra al Resucitado? ¿Qué hace la Pascua en nuestra vida cuando se convierte en la clave de lectura? Al menos dos cosas importantes: la sanación de la memoria –que ofrece una mirada nueva sobre las cosas de la vida– y la posibilidad de ponerse de nuevo en camino. 

La primera cosa es fundamental para vivir y para ser personas libres: los discípulos, al contar la primera narración de la pasión exponen sólo eventos de muerte. Pero después de haber encontrado al Señor, la memoria de estos mismos hechos  ha sido transformada, y se convierte en memoria di una muerte vencida, de una muerte que no ha tenido la última palabra. 

Esta sanación es fundamental también para nosotros, cada vez más y más heridos por la vida y por el mal: hacer experiencia que en aquellas muertes en Señor entra, y con ello hacer memoria nueva de los eventos de nuestra historia; porque propiamente en aquellas circunstancias el Señor ha estado presente. 

No es casualidad que Jesús haya partido el pan y que propiamente en aquel momento lo hayan reconocido los discípulos, lo reconocen en un gesto familiar, en aquel gesto que Jesús  había recordado de hacer en memoria de él. Entonces la memoria se abre y no recuerda solo el mal: se sumerge en una memoria más grande y más veraz que es la memoria de Dios, la memoria de la presencia de Cristo, que es siempre una presencia fiel y amiga, también en la hora del dolor. 

Pero la segunda cosa es igualmente importante: los discípulos desilusionados iban en camino, pero alejándose del lugar de la salvación y de la comunidad. Se arrastraban cansados hacia un lugar donde olvidar todo aquello que había sucedido. 

El encuentro con el Maestro los ha puesto de nuevo en camino, no más cansados y desilusionados, sino gozosos y llenos de confianza, y los conduce a casa: donde casa entendemos la propia comunidad, ahí donde cada uno experimenta  y da testimonio del encuentro con el Señor; y el uno al otro se confirma en la fe. 

También ahí los dos discípulos narran, como habían contado al viajero desconocido; pero ahora su narración en otra cosa: “Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 35). 

+ Pierbattista