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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: II Domingo de Pascua, año A

23 de abril de 2017 

II Domingo de Pascua, año A 

El Evangelio de Juan se había abierto con un anuncio lleno de asombro: “El verbo de Dios de hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Es el asombro por el misterio de la Encarnación, por esta elección del Hijo de Dios de recorrer la distancia que lo separaba de los hombres, y de encontrar en medio de nosotros, un espacio de comunión plena. 

Jesús Resucitado continúa a hacer exactamente la misma cosa: los suyos están reunidos en casa, encerrados dentro de sus miedos, Jesús viene y  se presenta en medio de ellos (Jn 20, 19). La muerte no le ha impedido hacer aquello que ama, estar en comunión con sus amigos. Antes bien, su cuerpo  resucitado que ha vencido la muerte ahora puede hacerse siempre presente: la Pascua hace presente a Cristo, hace de Cristo un eterno presente. 

Vuelto de nuevo y para siempre en medio de los suyos, Jesús hace gestos de gran densidad y  comparte de inmediato dones pascuales, fruto del misterio de su muerte y resurrección. 

Antes que nada se hace reconocer, y para hacerlo muestra su cuerpo, sus llagas (Jn 20,20). Las muestra para que sus discípulos puedan intuir una continuidad entre la pasión y la resurrección, para que no haya dudas de que es propiamente él, Jesús el crucificado. Las muestra también para hacer intuir a ellos y a nosotros que no hay resurrección que no pase por la pasión, que no resucita sino aquel que lleva en su cuerpo los signos del amor con los cuales ha amado. 

Los discípulos de ahora en adelante reconocerán a Jesús por estas llagas gloriosas, grabadas en su cuerpo. Y los discípulos no podrán ser su cuerpo sino asumiendo estas llagas, volviendo a vivir su misma pasión de amor. 

Después, la primera palabra, el primer don que hace Jesús a los suyos es aquel de la Paz: “La paz sea con ustedes” (Gv 20, 19). Lo puede hacer, puede donar la paz pues ha instaurado su reino, que es propiamente el reino de la paz: paz entre el cielo y la tierra; paz entre lejanos y cercanos (cfr Ef 2). Y lo puede hacer porque ha vencido al enemigo que desde siempre ha sido causa de guerra y división, es decir al pecado y a la muerte. La paz de Cristo es una grande reconciliación, un abrazo donado desde lo alto de la cruz. 

El segundo gesto es aquel de soplar sobre los suyos para donar al Espíritu (Jn 20,22): según la narración de los Hechos de los Apóstoles, esto no ocurre hasta los 50 días después de Pascua (Hech 2). En Juan sin embargo, Jesús parece impaciente en hacer este don y lo hace de inmediato, la misma tarde, pues el fin de la Pascua no es simplemente que Jesús haya resucitado, sino que la vida nueva que él ha recibido del Padre pase a sus discípulos, para esto ha venido. No le ha bastado amarles, sino que ha querido donar a ellos el amor, para que también ellos puedan vivir de aquella plenitud de amor que Jesús experimenta en la comunión con el Padre. 

El tercer don es el perdón (Jn 20, 23) también fruto de la pasión, inscrito es las llagas de su cuerpo: se perdona sólo pasando por la cruz. 

Estos tres dones –el Espíritu, la paz y el perdón- son la vida nueva que Dios desde siempre ha querido regalar a los hombres y que finalmente la Pascua de Cristo ha realizado. 

Estos regalos son para compartir con todos. A Jesús no le basta que los suyos vivan finalmente felices, en paz entre ellos y con Dios. Como él no ha sido enviado por sí mismo, tampoco los discípulos pueden vivir para sí mismos, y así, de inmediato Jesús abre la puerta y les dice: “Como el Padre me ha enviado, así los envío yo” (Jn 20, 21). Y les manda a donar no otra cosa que todo el bien y el amor que han recibido: así como han sido perdonados, así deben de llevar el perdón (Jn 20, 23), la paz, para que su reino se extienda por doquier. 

Así como esta experiencia vivida por los Apóstoles la tarde de Pascua, es también nuestra experiencia y nuestra vida, lo vemos con cuando sucede en Tomás. 

La narración evangélica dice que aquella tarde, Tomás no estaba presente y por ello los otros apóstoles le informaron lo sucedido. Pero Tomás tiene necesidad de ver y de tocar, pues no se puede creer sino se hace personalmente experiencia de encuentro con el Señor resucitado. Es el Señor que viene por él, para que Tomás crea que esta experiencia es posible a todos, y que todos debemos pasar por ahí, desde entrar con nuestra vida a partir del centro de estas llagas benditas. Y que esto –y sólo esto- nos hace pasar del ser incrédulos a ser creyentes. 

La incredulidad de Tomás, quizá no es tanto el no creer a la resurrección del Señor, sino en el dudar que esta experiencia pueda ser de todos, en temer que sólo quien estaba presente aquella tarde pueda tener este privilegio y todos los demás queden excluidos. Por el contrario, esta dicha es para todos: son dichosos los ojos que ven (Lc 10, 23), pero son igualmente dichosos los ojos que no ven (Jn 20, 29). 

Pues de ahora en adelante hay algo más grande que el simplemente ver. No se trata sólo de ver al Señor, sino de ver con los mismos ojos del Señor, de estar habitados desde dentro, por su misma vida, por su mismo Espíritu. 

Y esto es posible a todos, pues no es una experiencia exterior sino interior; un pasar desde afuera hacia adentro y hacer espacio en el corazón a una Palabra, que es memoria de aquello que se ha visto y que en el amor, permanece siempre presente, actual y verdadero. 

+ Pierbattista