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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: V Domingo de Cuaresma, Año A

2 de avril del 2017 

V Domingo de Cuaresma, Año A 

Podemos decir que todo el camino de la Cuaresma no ha sido otro que el progresivo descubrir de un Dios que nos habla; un encuentro gradual y profundo con el Señor que dirige al hombre su Palabra, que nos reconduce a la intimidad con Él. 

En el desierto, tentado por el diablo, Jesús permanece a la escucha de la Palabra del Padre para no caer en las ilusiones del enemigo, que le sugiere una falsa imagen del Padre, de sí mismo y del hombre. 

En el segundo Domingo hemos subido al Tabor, y también ahí ha resonado la voz del Padre que nos ha dicho: ¡Escúchenlo! (Mt 17,6). 

Hemos estado en Samaria donde Jesús ha hablado así a la mujer que le preguntaba por el Mesías: “Soy yo, el que habla contigo” (Jn 4, 25). Palabras similares se nos han dicho el domingo pasado en Jerusalén: “ Ya lo has visto, el que está hablando contigo, ése es” (Jn 9,37). 

El Evangelio de hoy representa el ápice de esta revelación de un Dios que habla: veremos que Jesús habla a Lázaro, encerrado desde hacía 4 días en el sepulcro, y, hablándole, llamándolo por nombre le restituye la vida. 

Así como al inicio de la creación: de la nada, con su palabra, llamando por nombre a cada cosa, Dios había dado vida al universo, de la misma manera con una palabra, Jesús restituye la vida al amigo muerto. Lo llama y él vive. 

Al inicio del pasaje encontramos una larga introducción: dieciséis versículos antes de que Jesús se dirija hacia Betania, no obstante sepa que la enfermedad del amigo sea una enfermedad mortal, como si de algún modo no tuviera interés  en evitarle la muerte. Cuando se entera de que está enfermo, permanece dos días ahí donde se encontraba (Gv 11,6), y después se pone en camino con sus discípulos. 

Este retraso considerado como la causa de la muerte de Lázaro, es subrayado más veces durante el resto del pasaje: se lo reclama ya sea Marta (Jn 11,21)  y María (Jn 11,32): “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”; los judíos también se lo echan en cara: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” (Jn 11,37) 

Toda la esperanza de los más allegados a Lázaro podía llegar precisamente a este punto: que su muerte fuese evitada. 

Jesús por el contrario deja que Lázaro muera, con grande escándalo para todos. 

Después, en la muerte lo alcanza, pues lo ama. 

Amistad  y amor son dos términos que definen la relación que Jesús tiene con Lázaro (Jn 11,3.36). 

Pero, ¿qué quiere decir que Jesús ama a Lázaro? ¿Cómo ama Jesús? 

Jesús no evita la muerte a Lázaro, sino que entra con él en la muerte, entra con él en el sepulcro. No lo abandona ni siquiera ahí, también ahí puede alcanzarlo con su voz potente. 

Y así transforma también la muerte en un lugar de vida. 

El Padre ama de la misma manera a Jesús, no le evitará la muerte, y tampoco lo abandonará en el sepulcro. 

Estamos hechos para la comunión con Dios, para estar en diálogo con Él, y la muerte no es otra cosa que la lejanía de Él, es el lugar donde no se escucha más la Palabra que nos hace existir. 

Para quien vive en la amistad con el Hijo este lugar no existe; y en el Evangelio de Juan Jesús repite continuamente que quien cree en Él ha ya pasado de la muerte a la vida: “Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida” (Jn 5, 24; cfr 8,51). 

Dios no se resigna a nuestra muerte. Para no dejar solo a Lázaro en su muerte decide entrar también él en ella. Y como él entra por amor, lo suyo no es un morir sino un dar la vida. 

No es coincidencia que el camino que inicia en el versículo dieciséis del episodio de hoy, no finalice en el sepulcro de Lázaro, sino en aquel de Cristo: es el mismo viaje que libera a Lázaro de la muerte y que lleva a Cristo a la Pascua. Es precisamente dando su vida por amor, muriendo por nosotros que nuestra muerte será vencida. 

Por ello Jesús se muestra contento de no haber estado presente en la enfermedad de Lázaro (Jn 11,15), para que los discípulos pudieran creer, ver que su amor es aún más grande que la muerte. 

La fe es el único antídoto para la muerte: la fe de quien cree que  nuestra vida está siempre protegida por las manos del Padre, inclusive en la muerte; la fe de quien escucha. 

Jesús entra en la muerte de Lázaro con esta certeza, y con esta misma certeza entrará en su propia muerte. 

Lázaro entonces, es la figura del hombre: el hombre herido por el pecado, destinado a la muerte, prisionero de la muerte. Jesús lo alcanza ahí, y Lázaro regresa a la vida. 

La vida que nace desde el encuentro con Cristo dentro del sepulcro es una vida completamente nueva y distinta, es una vida resucitada que no tiene más miedo. Esta vida resucitada la hemos recibido en el Bautismo, y no puede más morir. Pasará de nuevo por la muerte, a través de muchas muertes y en ocasiones parecerá que la muerte predomine, pero en realidad la Vida no permanecerá nunca prisionera. 

+Pierbattista