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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: Domingo de Palmas, año A

9 de abril del 2017 

Domingo de Palmas, año A

Se están cumpliendo los días dentro de los cuales Jesús llevará a término su camino terreno, cuando será levantado sobre el trono real de la cruz. 

Para ello, El Señor sube a Jerusalén pero, no para entrar como otras veces, como todos los peregrinos. 

Jesús ahora entra con la clara conciencia de que es tiempo de revelar a todos su identidad real y mesiánica: en la ciudad santa entra como un rey, como el Mesías. 

En otros casos, los Evangelios dicen que las multitudes habrían querido aclamar a Jesús como su rey (Jn, 6,15) sin embargo, él huía a esta pretensión. Esta vez no solo no se niega, sino que dispone él mismo todos los particulares para que este ingreso real pueda suceder. 

Jesús sabe muy bien que a partir de este evento, a pocos días consumará su pasión y sólo en este momento no será mal entendido este gesto. 

Entra como rey no para mandar, no para tiranizar, no para derribar el poder vigente, no para instaurar un nuevo poder político, sino para advertir que la grande espera mesiánica de Israel ha llegado a su cumplimiento, que la nueva alianza entre Dios y su pueblo se realiza ahora de manera definitiva. 

En primer lugar no llega a Jerusalén entrando a pie. 

Los peregrinos podían  entrar sólo a pie, mientras que al rey le estaban reservados los honores de entrar con una cabalgadura. Jesús, que es rey, escoge una pobre y humilde: no un caballo, símbolo de fuera y de potestad, sino un asna con su borrico (Mt 21, 2), llamada simbólica muy evidente de tantos pasos reales y mesiánicos del antiguo testamento. 

Un rey, cuando estaba de viaje, tenía el derecho de tomar para sí todo aquello que necesitarán él y su séquito. Jesús no toma, no usurpa, simplemente toma prestado (Mt 21, 3) como hace un pobre, y asegura que restituirá enseguida todo, a penas  se haya cumplido su misión. 

La gente de Jerusalén y los peregrinos presentes en la ciudad santa parecieran entender este gesto, al punto que toda la ciudad está conmovida por este motivo (Mt 21, 10): ¡Verdaderamente algo grande está por suceder! 

Ahora todos los gestos que Jesús cumplirá durante estos sus últimos días, son gestos de un verdadero rey. 

¿Qué se esperaba de la venida del Rey-Mesías? 

Fundamentalmente que se sentara a juzgar a los pueblos, que trajera la vida y la paz, que derrotara a los enemigos; y, a la llegada de los tiempos mesiánicos, un grande banquete sería solemnemente preparado para todos los pueblos. Los oráculos mesiánicos habían encendido seta esperanza  en la espera de Israel. 

En efecto, Jesús hará convenientemente todo esto. 

El rey-Mesías que hoy entra a Jerusalén juzgará a todos los pueblos sentado en el trono de la cruz. Desde ahí los juzgará dignos de su amor y de su salvación, y no bastará el rechazo y la incomprensión  a hacerlo retirarse de este juicio: es un juicio definitivo. 

Juzgará que la vida de cada hombre valdrá más que la suya, que tendrá en el corazón el destino de cada hombre, más que el suyo mismo. 

No será un rey celoso de sus privilegios, no tendrá necesidad de mostrar con autoridad su fuerza. Se inclinará a todos para servirles, como un siervo lo hace con su patrón, porque quiere todos sepamos que él es un rey. 

Traerá la paz, es decir, derrotará el verdadero enemigo del hombre: el pecado y la muerte. Y lo hará no haciendo la guerra ni usando violencia contra alguno, sino asumiendo sobre sí todo el mal, todo el rechazo, todo el pecado del mundo. Nada permanecerá fuera de este abrazo infinito. 

Destruirá la muerte no haciéndola huir, sino entrando en ella, dejándose tomar por sus lazos. Pero como lo hará por amor, la muerte sobre él no tendrá poder, porque todo aquello que es amor es más fuerte que la muerte. Y la paz vendrá desde ahí, desde una paz regalada a todos, por igual, sin méritos, que nos hace a todos igualmente hermanos. 

Este rey tan distinto a los demás, no entra en su ciudad para quitarle la vida a su pueblo, no viene a aprovecharse de ellos. Viene a dar la vida por todos. 

Y este banquete solemnemente preparado que todos esperan, se realizará más allá de todo posible deseo humano: cuando el Señor se tome a sí mismo y se dé como alimento, como manantial de vida para cada hombre. 

Todo esto sucederá en los próximos días, pero no será evidente: tendremos necesidad de una mirada nueva para poderlo apreciar. 

¿Sabremos reconocer en estos días detrás de la aparente derrota de la cruz los signos de un rey victorioso y glorioso?, y ¿Sabremos ver los mismos signos ya presentes en nuestra vida y dentro de la vida de quien está a mi lado? 

+Pierbattista