27 de Agosto de 2017
XXI Domingo del Tiempo Ordinario, Año A
El pasaje del Evangelio que escuchamos hoy es muy importante y se abre a múltiples profundizaciones de carácter exegético, cristológico, eclesial…
Nosotros por hoy, dejamos de lado estos espacios y nos enfocamos en la figura de Pedro y en aquello que sucede a este discípulo.
Todo parte de una pregunta hecha por Jesús que interroga a los discípulos en torno a su propia identidad: es una pregunta que recorre todo el Evangelio de Mateo. A esta pregunta, Pedro responde instintivamente y el Evangelio hace intuir que responde sin reflexionar tanto, como empujado por un impulso del corazón.
Y de hecho, Jesús puede afirmar que las palabras de Pedro no vienen del él mismo: “ni carne ni sangre” se lo han revelado, sino el Padre suyo que está en los cielos (Mt 16,17). Propiamente porque Pedro se abre a una revelación del Padre, Jesús lo proclama “beato”.
“Revelar” es una locución que habla de relación y de confianza, de elección y de encuentro: no se revela algo importante sino a los propios amigos. El profeta Amos por ejemplo, llega a decir que el Señor no hace cosa alguna sin haber revelado sus planes a sus propios amigos, es decir a los profetas (Am 3,7). Es así que Dios escoge a quien revelarse, a quien donarse, y ordinariamente no lo hace con quien es particularmente sabio e importante, Jesús mismo se ha sorprendido en capítulos anteriores (Mt 11,25), del hecho que el Padre revelara a los pequeños y a los sencillos los misterios del Reino.
Hoy es el turno de esta revelación a Pedro: él es el pequeño a quien el Padre revela algo importante y nuevo que ninguna sabiduría humana puede conocer. El resto, el pueblo, al menos podía intuir que Jesús era una persona especial (Mt 16,14), pero sólo Pedro viene a decir que él es el Hijo de Dios.
Su camino de fe llega aquí a dar un giro, un nuevo comienzo, así como todo camino espiritual conoce momentos en los que la intuición se vuelve más profunda y más nítida.
Pero esto no es suficiente.
Pedro pasará toda su vida tratando de comprender lo que ha proclamado hoy, profundizando en el misterio del Hijo de Dios. Lo perderá y lo reencontrará, y de nuevo el Señor idealmente lo traerá aquí a Cesarea di Filippo donde podrá recibir de nuevo la revelación del Señor.
Pedro no entiende completamente lo que acaba de decir hoy: tiene en mente a un poderoso Mesías, que ha venido a establecer el reino de Dios con fuerza, destruyendo a sus enemigos. La vida de Jesús lo desmentirá, y él tendrá que admitir que no ha entendido nada. Pero la revelación de Dios no vendrá a menos, porque nunca se da en vano.
Pedro podrá salvaguardar esta revelación solamente si vuelve a ser pequeño, si se deja generar por el Padre. Cuando él solo confíe en sí mismo, cuando permanezca en los espacios de la “carne y de la sangre”, perderá el sentido de esta revelación y se extraviará.
Pero si permanece pequeño, será bienaventurado, como bienaventurados son los pequeños sobre los que Jesús ha hablado en su primer discurso en la montaña (Mt 5), experimentará que el Reino de Dios es gracia y misericordia, y de hecho el primero a quien el Señor administra misericordia es propiamente a él.
Sólo entonces será confiable, y sobre este hombre que ha aceptado la Palabra del Padre, que la ha experimentado como misericordia en su carne, Jesús podrá fundar su Iglesia como en una roca. Podrá atar y desatar, es decir, podrá llevar a los hombres a aceptar la misma revelación del Padre que cambió su vida. Así, la Iglesia será una comunidad de personas nacidas de carne y sangre, pero luego renacidas por el Espíritu, unidas por la misma pequeñez, por la misma revelación, por la misma bienaventuranza.
+ Pierbattista
