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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XX Domingo del Tiempo Ordinario, año A

20 de Agosto de 2017  

XX Domingo del Tiempo Ordinario, año A 

Es importante detenernos un momento antes de entrar en el Evangelio de hoy, consideremos el contexto de nuestro pasaje. 

Estamos en el capítulo XV, que trae una larga y dura reflexión de Jesús acerca de las tradiciones de los fariseos y de los escribas, sobre todo en materia de pureza. De estas tradiciones Jesús toma netamente distancias y no dice nunca una palabra en contra de la ley de Moisés o en contra del significado de la alianza y de la elección de Israel de parte de Dios: estas cosas son irrevocables. En todo caso, el problema es una observancia exterior de la Ley, y Jesús cita una frase del profeta Isaías que habla de la gente que da honor a Dios con los labios, pero con un corazón lejano (Mt 15,8). 

Además, parece que Jesús quiera subrayar que el peligro de una observancia ciega de la ley no es problema sólo de los fariseos, sino de los discípulos de todo tiempo. El reproche está dirigido también a sus mismos discípulos, también ellos luchando por entender los nuevos alcances de la interpretación de la Ley dada por Jesús. (Mt 15,16). 

Después de esta larga discusión, Jesús parte y se dirige en tierra extranjera, a Tiro y Sidón, lugares impuro. Y aquí encuentra una mujer cananea, una mujer que podría parecer lejana, pero su corazón está verdaderamente cercano a Dios. La mujer insiste en que Jesús sane a su hija enferma, e inicialmente no le dirige siquiera una palabra (v.23): solo después de la intercesión de los discípulos –más que nada fastidiados por los gritos de la mujer- entra en contacto con ella. Un diálogo duro, en el cual Jesús parece inamovible: él no ha venido sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24). 

Al final de este diálogo encontramos que Jesús se ha en algún modo movido de su posición. ¿Qué sucede? 

Sucede que esta mujer no se deja intimidar por este maestro hebreo que parece muy seguro de sus propios confines, e intuye que en Él habitan ya confines más grandes, y que tantas barreras ya las ha abolido. 

Él mismo ha sido visto y adorado en su nacimiento por los pastores y por los magos, ha llamado pecadores públicos a seguirlo, ha tocado gente impura y ha hablado de una cizaña que crece en medio del trigo… 

Jesús entonces no es una persona que da miedo, y esta mujer no es quisquillosa, no se ofende por una respuesta que habla de ella como de un perrito en la mesa del patrón. Así, con aquella libertad audaz que nace de un problema que no puede resolver por ella misma, permanece en diálogo, y esto la salva. 

No pone en duda la elección de Israel, y concuerda con Jesús que es cierto (Mt 15,27), que el pan es sobre todo para los hijos. Pero no se detiene allí, y tiene la valentía de ir más allá de Jesús mismo con un simple “también”. Sabe que el banquete al cual está llamado el pueblo elegido es tan abundante que puede ser para todos. Y sabe que basta una migaja de toda esta gracia para dar la vida a quien tenga necesidad, dentro y fuera de los confines de Israel. 

Jesús queda admirado por esta fe grande (Mt 15,28). 

En el capítulo sucesivo a este episodio, después de la multiplicación de los panes, Jesús reprocha a los discípulos por su poca fe (Mt 16,8): ellos han visto tanto pan y sin embargo tienen miedo de quedarse sin alimento. Esta mujer al contrario, cree que el pan bastará de todos modos, aunque si de este pan debiera ver solo las migajas. 

Regresando al contexto, podemos decir que no son las observancias exteriores de la ley a hacer puro al hombre, sino la fe. La fe que reconoce que la salvación es gratuita y siendo gratuita es para todos. Una fe que es dada a todos: cercanos y lejanos y que nace de una necesidad de salvación de quien no puede darse la vida por sí solo. 

Y esta mujer con su fe grande –humilde y tenaz– es capaz de abrir para Jesús mismo espacios más grandes. Había partido desde los confines de la casa de Israel y ahora abre esta casa para todos: a quienes multiplicará el pan una segunda vez desde ahí. 

En este diálogo entonces, se encuentran dos personas ambas humildes, capaces de aprender una de la otra. La grandeza de Jesús en este caso, es la de aceptar que una mujer pagana, sepa despertar en él algo de sí que todavía permanecía es espera de ser conocido. 

Ni siquiera Jesús tiene miedo de esta novedad inesperada, y también él sabe reconocer dentro de este encuentro fuera de los confines, la llamada a un giro que marcará toda su vida. 

+Pizzaballa