Logo
Donar ahora

Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: IV Domingo del Tiempo Ordinario, año C

30 de enero de 2022 

IV Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

El domingo pasado vimos los comienzos de la vida pública de Jesús según el Evangelio de Lucas, comienzos colocados bajo el signo de la consolación (Lc 4, 14-21): la consolación anunciada por los profetas, esperada por todos los pueblos, se cumple en la vida del Señor Jesús, al ser consagrado por el Padre para llevar a todos el anuncio de la gracia. 

Hoy tenemos de alguna manera prueba de que este consuelo es verdadero, cierto, seguro y para todos. 

Deducimos esto del hecho de que Jesús está dispuesto a pagar el precio de él mismo. 

El pasaje evangélico de hoy (Lc 4, 21-30), que es continuación directa del de domingo pasado, narra la reacción del pueblo ante el anuncio hecho en la sinagoga. Jesús se encuentra en Nazaret, entre parientes y personas conocidas, y es el primero en anunciarles que con él se cumple la promesa hecha por Dios para su pueblo. 

Pero ahí mismo, inmediatamente, Jesús experimenta oposición y rechazo. Por tanto, no de lejos, de enemigos, de paganos, sino de los más cercanos, de los suyos, de los de la casa. 

Jesús parece decir que esto también está escrito en la revelación: es decir, que misteriosamente el mensaje de la gracia está siempre asociado a un rechazo, a una resistencia, y precisamente por parte de los primeros llamados a escucharlo ya acogerlo. Es parte de la gracia ser rechazado, para que sea verdaderamente gracia, para que sea sólo gracia, para que la experiencia dramática del rechazo confirme que esta gracia es para todos, y que no obliga a nadie. 

Y allí mismo, donde es rechazada, se da la confirmación de que esta gracia es fiable, porque va más allá de la negativa, la atraviesa, como Jesús pasa a través de la gente de Nazaret que se había reunido a su alrededor para arrojarlo de la montaña. (Lc 4, 30). La gracia no depende de nuestra aceptación, sino que siempre y en todo caso se da. De lo contrario no sería gracia. 

Una pregunta importante es la que se refiere a las razones de este rechazo: ¿por qué los vecinos de Jesús no lo aceptan? ¿Por qué hay una oposición inmediata que llega incluso a los planes de muerte? ¿Por qué pasamos tan rápidamente del asombro al malentendido? 

No hay razones serias que justifiquen la actitud de los nazarenos, sino esa enfermedad del corazón que se opone a toda novedad posible, a toda belleza, a todo don. Y cuanto más cercano y gratuito se vuelve el don, más aumenta la intolerancia del corazón; sin embargo, sólo esa gracia gratuita puede curar este dolor, esta enfermedad. 

Los nazarenos, como los fariseos y tantos otros en el Evangelio, no supieron reconocer la novedad en la persona de Jesús, su corazón se cerró a la novedad. Su idea de mesías prevaleció sobre la persona que tenían delante. De esta manera no hicieron posible en ellos la obra del Espíritu, de ver la vida de una manera completamente nueva. Para acoger a Jesús, para verlo en su verdad, es necesario hacerse pequeños, pobres. De hecho, a ellos se les anuncia la buena nueva (Lc 4,18 me envió a evangelizar a los pobres). Estos son los pobres del Evangelio, capaces de dar cabida a la novedad, sin prejuicios. Son los pequeños, los pobres, los privilegiados, porque son capaces de dejarse tratar, como los habitantes de las aldeas de Galilea que acogieron a Jesús a diferencia de los habitantes de Nazaret. 

La actitud de los nazarenos podría escandalizarnos. 

Pero hay que tener cuidado, porque simplemente dice lo que hay en el corazón de todo hombre, incluso en el nuestro, que tanto lucha por dejarse hacer feliz. Preferimos mil veces merecer, conquistar, ganar, que acoger un regalo. 

Bueno, Jesús vino para esto, para sanar este pecado del hombre que ahora se ha vuelto incapaz de creer en el amor del Padre. Por eso es tan necesario que Jesús pague personalmente la gracia que nos da, para mostrarnos cuánto vale nuestra vida a sus ojos. 

+Pierbattista