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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

13 de Agosto de 2017  

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A 

En su Evangelio, Mateo narra dos episodios en los cuales sus discípulos, mientras cruzan el lago de Galilea se enfrentan a la tempestad: la primera vez en el capítulo 8 (v. 23-27), la segunda en el pasaje de hoy (Mt 14,22-33). 

En cada una de las ocasiones que cruzaron el lago hay un valor simbólico: Indican un paso que los discípulos están llamados a hacer, hay algo por dejar y una meta que alcanzar, y siempre en medio hay un imprevisto, una dificultad, pues ningún paso prescinde de ello. 

En el episodio de hoy, aquello que va dejado atrás es el milagro de la multiplicación del pan y de los peces (Mt 14,13-21): no se puede permanecer siempre allí, pues es un milagro que se presta a interpretaciones ambiguas que Jesús quiere absolutamente evitar. En el Evangelio de Juan, después de este episodio la multitud busca a Jesús para proclamarlo rey, (Gv 6,15), y él de inmediato huye. 

De hecho, “inmediatamente después” (Mt 14,22) Jesús ordena a sus discípulos que se adelanten cruzando el lago para llegar a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Luego se retira en diálogo con el Padre, es ahí que Jesús encuentra la verdad plena de su misión y vida. 

En el Evangelio de Mateo, solo dos veces es mencionada la oración de Jesús: aquí y en el Getsemaní (Mt 26,36-46), y esto nos hace pensar que en este caso Jesús después de haber multiplicado los panes, debe enfrentar una lucha propia, como en el Getsemaní: un propio “cruzar”. 

Aquello que Jesús vive en el monte, los discípulos lo viven en el lago, donde se desencadena la tempestad. En medio del lago, en medio de la noche, los discípulos se encuentran solos y acobardados. Ahí se une a ellos el Señor, caminando sobre el mar, pero su presencia inicialmente parece asustarles todavía más, pues les cuesta trabajo reconocerlo y recordar que ya una vez su voz había calmado la fuerza de la tempestad. El miedo ha encerrado su corazón en la incredulidad. Entonces, de nuevo su voz, su palabra, -con la cual Jesús inmediatamente se une a ellos- logra aquietar la tempestad que primero está en su corazón. 

Y aquí hay un hecho más que sólo el Evangelio de Mateo narra: Pedro viendo al Señor que camina sobre las aguas, desea hacer lo mismo. Intuye que aquel poder para vencer el mal, para dominar las fuerzas de la naturaleza, pertenece al Señor y a quien camina hacia él y nada le parece imposible. Pero solo cuando el Señor lo llama: “Ven” (Mt 14,29) se atreve descender de la barca, así como solo bajo la palabra del Señor había echado las redes en el mar después de una pesca infructuosa. 

Es la Palabra que hace caminar a Pedro, y él puede desenvolverse sobre las aguas como los tres niños del profeta Daniel que paseaban entre las flamas, sin que el fuego pudiera hacerles daño. Pero cuando sus oídos dejaron de escuchar la voz del Señor y se llenaron del ruido del mar en tempestad, de nuevo Pedro tiene miedo, y ahora aquello que era posible se convierte en un imposible: Pedro está por hundirse, inmerso por las olas y su miedo. 

Sin embargo, ahí nace la oración “Señor Sálvame” y por tercera vez Mateo, en pocas líneas, usa el adverbio “inmediatamente”: Inmediatamente Jesús, le tendió la mano y los sostuvo. Este inmediatamente está ahí para indicar que la salvación acontece precisamente ahí, tan pronto cuanto el hombre grita al Señor su propia impotencia y desconfianza. 

Esto sucede en la vida, en momentos providenciales que a menudo son momentos de tempestad, cuando el hombre, entiende no poder solo y finalmente no le queda otra que confiar. Solo entonces descubre que el Señor está ahí con él, que está presente aunque no siempre lo sabe reconocer. 

Junto a Él, el mal, no puede acobardarnos más. 

+ Pierbattista